domingo, 23 de enero de 2011

Lo último de Roberto Bolaño


Está por publicarse el que se presenta como penúltimo libro póstumo de Roberto Bolaño: ¨Los sinsabores del verdadero policía". El crítico Ignacio Echevarría que actúo durante algún tiempo como albacea de su legado literario nos presenta ciertos detalles que constituyen verdaderas primicias del material que aún corre a cargo de Anagrama. Por cierto, en este enlace se puede encontrar uno de los mejores documentales realizados en torno a la figura del escritor chileno, en el que se ha incluido una entrevista realizada a Mario Vargas Llosa quien declara su admiración por el autor de Los Detectives Salvajes. El artículo de Echevarría, publicado en el suplemento El Cultural del periódico El Mundo de España, dice lo siguiente:

"Vayan por delante dos afirmaciones categóricas:
Una: entre las páginas de Los sinsabores del verdadero policía se cuentan algunas de las mejores de Roberto Bolaño, que las escribe desde la altura alcanzada a partir de Estrella distante, con una libertad y una osadía a ratos apabullantes. Dos: no cabe arrojar sospechas sobre la legitimidad y el correcto proceder de Carolina López, viuda de Bolaño y administradora de su legado, ni de sus agentes y asesores, que vienen mostrando, hasta el momento, un escrupuloso respeto hacia la integridad de los textos del autor.

Dicho esto, conviene salir al paso de algunas presunciones que se deslizan en los textos que envuelven esta última entrega de Bolaño (entre ellos, la “Nota editorial” firmada por Carolina López), empezando por la de que se trata de una novela. No es así. Los sinsabores del verdadero policía no es -como se repite insistentemente- una novela, no al menos en el sentido cabal, por extenso que sea, que se suele conceder a este término. Ni siquiera es, como se sugiere, una novela inconclusa. No. Ni falta que hace.

Si fuera imperioso -como parece- decir qué es, la forma más neutra y ajustada de hacerlo sería decir que se trata de materiales destinados a un proyecto de novela finalmente aparcado, algunas de cuyas líneas narrativas condujeron hacia 2666, mientras otras quedaron en suspenso, inservibles o pendientes de ser retomadas por el autor, de haber tenido ocasión y ganas de hacerlo. En este caso, lo hubiera hecho ya no para prolongarlas tal y como se ofrecen ahora, sino para reelaborarlas en un marco nuevo, inevitablemente transfigurado por la hazaña que supuso la escritura de 2666 (el último libro, entre los publicados después de su muerte, que Bolaño consintió expresamente publicar tal y como lo conocemos).

Insisto: los materiales narrativos reunidos demasiado acríticamente bajo el título Los sinsabores del verdadero policía no constituyen, con propiedad, una novela. Tal y como se presentan, no admiten ser tomados, en rigor, como una obra más de Roberto Bolaño, por muchas piruetas que se pretenda hacer (las hace, de hecho, Masoliver Ródenas en su prólogo). Lo cual no les resta aliciente, claro que no. Ocurre simplemente que es preferible no confundir al lector.

Cuando no se cuenta con testimonio expreso alguno acerca de las intenciones que, a su muerte, el autor abrigaba hacia unos textos encontrados entre sus papeles y archivos de ordenador, el único criterio más o menos fiable es el que, apoyado en los indicios disponibles, se deduce de la lógica interna que preside el conjunto de su obra. En el caso de Bolaño, esta lógica es bastante férrea. “La estructura de mi narrativa -declaró en cierta ocasión- está trazada desde hace más de veinte años y allí no entra nada que no se sepa la contraseña”. Palabras estas que imponen la la obligación de ser muuy cauto a la hora de escoger la puerta por la que se ha de dar entrada a nuevas entregas.

Por lo que toca a Los sinsabores del verdadero policía, esa puerta es la destinada a materiales aún no definidos que, en el caso de un escritor como Bolaño, que trabajó siempre en varias bandas simultáneas (durante la redacción de 2666 parió al menos dos libros), dan cuenta de la multitud de direcciones en que se orientaba su impulso creador. Resulta insensato pretender que todas esas direcciones abrían caminos hacia objetivos bien delimitados y reconocibles. Lejos de eso, ocurre a menudo que un escritor ensaye senderos que finalmente no conducen a ninguna parte. No se trata ahora de esa “poética de la inconclusión” que en otras ocasiones se ha invocado para caracterizar el proceder de Bolaño como narrador, no. Hay una diferencia sustancial entre dejar una historia en suspenso, con final abierto, como suele decirse, y abandonar el desarrollo de esa historia por las razones que sea, reclamado acaso por otras historias que se cruzan en el camino, o ganado por la fatiga, o bien inseguro ante la manera de continuar.

Como en tantas ocasiones, la obra de Kafka sirve aquí de inmejorable referencia. Los escritos póstumos de Kafka ofrecen un variado repertorio de textos en diverso estado de desarrollo. A algunos les cumple el calificativo de terminados, satisfacieran o no a su autor. A otros, el de inacabados. Otros más constituyen brotes, abortos narrativos, pasajes a menudo fascinantes pero abruptamente interrumpidos, desviados.

Los sinsabores del verdadero policía se acerca más bien a esta última tipología. No cabe compararla a El Tercer Reich, novela primeriza que, llegado el momento, Bolaño resolvió no dar a la luz y guardó en una carpeta, insatisfecho sin duda con el resultado. Sobre El Tercer Reich cabría sostener que, aun cuando fue escrita por el mismo Bolaño, en el momento decisivo no acertó con la contraseña que le había de permitir el ingreso a la estructura diseñada tan precoz y clarividentemente por él.

Distinto es el caso de Los sinsabores... Se trata de un proyecto de novela cuyo germen es con seguridad anterior a la redacción de Los detectives salvajes. Quizá Bolaño lo retomara al concluir esta novela, pero, a partir de cierto momento (y me atrevería a especular sobre cuál es ese momento, muy ligado al abismo que se fue abriendo a los pies mismos de Roberto conforme se metió de lleno en el filón de los crímenes de Ciudad Juárez), se desvió por los derroteros que, sin apartarse del todo de personajes y motivos ya apuntados, lo conducirían finalmente a 2666.

Que Bolaño no hubiera retomado de nuevo los materiales ahora publicados para prolongarlos tal cual, es algo que se puede afirmar no sólo intuitivamente, sino desde la convicción de que un escritor como él jamás hubiera cometido descarados autoplagios, ni hubiera incurrido deliberadamente en abiertas contradicciones con lo escrito y contado en otras novelas antes publicadas. Que se den una y otra cosa en Los sinsabores... sólo puede justificarse (más allá del sobado recurso a comodines críticos como los de “intertextualidad”, “variaciones”, “caleidoscópico”, etc.) desde el supuesto de que, como tantas veces, Bolaño se sirvió de unos materiales ya elaborados como cantera de la que se nutrieron otras obras suyas, sin menoscabo de que con algunos restos de esos mismos materiales pudiera luego urdir nuevas historias.

El extravagante título de Los sinsabores del verdadero policía lo acarició Bolaño durante años. Estuvo siempre asociado al proyecto de una novela sobre un joven policía que en estas páginas sólo asoma lateralmente. Lo que nos cabe leer tiene que ver sobre todo con Amalfitano, un Amalfitano bastante distinto al que da nombre a una de las partes -la más enigmática, ahora intuimos por qué- de 2666. Bastante menos con un embrionario J.M.G. Arcimboldi que para nada coincide con el Beno von Archimboldi (con ch) que protagoniza esa novela.

En el camino que lleva de Los detectives salvajes a 2666, el libro que ahora se publica viene a ser una vía muerta. Sólo parcialmente hubiera podido reintegrarse en la cadena de la que se desprendió. Tal y como se ofrece, es un eslabón partido, que no por eso deja de arrojar destellos deslumbrantes, verdaderamente deslumbrantes por su audacia, por su comicidad, por su misterio, por su lirismo.

Que un material de estas características sea capaz de emitir esos destellos, y de atrapar al lector, dejándolo acaso insatisfecho pero nunca decepcionado, es una prueba más -concluyente como pocas- de la excepcional calidad de Bolaño como narrador."

domingo, 16 de enero de 2011

Middlesex, o los Cuerpos Intermedios

A continuación, un breve repaso al libro de Jeffrey Eugenides y sus repercusiones en el mundo del cine y la literatura.

Jeffrey Eugenides, entre Middlesex y Las Vírgenes Suicidas



Con Jeffrey Eugenides el público norteamericano asistió a una de las más importantes revelaciones literarias de la última década del siglo pasado. La Vírgenes Suicidas, adaptada al cine por Sofía Coppola, abrió las puertas al sombrío y casi enigmático escritor de origen griego, situándolo en el centro de mira del mercado editorial y de los lectores. Su segunda novela, publicada en 2002 y galardonada con el Premio Púlitzer, trata por una parte de la saga familiar de los Stephanides, testigos a lo largo de varias generaciones de los cambios y asombrosas transmutaciones ocurridas sobre la faz de la tierra que los llevará desde el Asia Menor -donde las cabras balan y las aceitunas caen al suelo- hasta la ciudad de Detroit, en la que el caos endogámico dará como resultado el nacimiento del más singular miembro de la estirpe: Calíope Stephanides. Es precisamente con su vida que la narración plantea, a lo largo de la segunda parte, las travesías de una hermafrodita. El párrafo con el Eugenides abre su libro y que atribuye al relato en primera persona del nacimiento de Calíope (Cal), es una concisa declaración de principios:
"Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día de niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960, y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974"
En efecto, durante catorce años, Cal crece como niña en acomodo a un rol de género inmutable en el que las muchachas de su generación deben llevar falda y soportar los cambios físicos relacionados a su incipiente madurez entre el asombro y el silencio, y en la que -a diferencia de la mitológica Calíope, musa de la poesía épica y la elocuencia, que suele ser representada como una mujer de porte majestuoso llevando una trompeta en una mano y un poema en la otra- Cal se deja ver como un ser improvisado y tímido, pero asombrosamente consciente de los arrebatos de la naturaleza y de la fragilidad de su cuerpo. En uno de los párrafos más conmovedores se muestra, por primera ocasión, suceptible al entorno primaveral en el que otros seres despiertan, literalmente, a la vida:

"Sólo Calíope, en la segunda fila permanece inmóvil, sentada en el pupitre, de modo que es la única que observa en su exacta medida la metamorfosis que se está produciendo a su alrededor. (...) Pero todavía hay esperanza, ¿verdad? Porque los colegiales vuelan entre los pupitres y pasan día tras día con estruendo inclinando las alas a través del tiempo, de modo que una tarde Cal alza la vista del papel con borrones y ve que es primavera, las plantas echan brotes, la foristia florece, los olmos echan hojas: en el recreo los chicos y las chicas van de la mano, se besan a veces detrás de los árboles, y Calíope se siente estafada, engañada: -¿Te acuerdas de mí? -dice a la naturaleza-. Estoy esperando. Aún sigo aquí."
Niña, muchacha, mujer hasta la adolescencia, el libro de Eugenides nos permite conocer la vida de Calíope hasta el momento mismo de la transformación, pasando por el inevitable escape del hogar paterno y el consecuente viaje introspectivo, traspasado de verdaderas aventuras en el submundo del voyeurismo, el fetichismo y el sexo de pago. Es durante la etapa de la madurez, ambientada en Berlín y consumado ya el cambio de sexo, que Cal alcanza una suerte de equilibrio personal y emocional, cumpliendo funciones de Agregado Cultural de la Embajada Norteamericana y como pareja de una bella mujer asiática, ensayando a la par una nostálgica revisión de su pasado y de sus relaciones familiares. Del fallecimiento de su padre dice lo siguiente:
"Milton desapareció sin volver a verme. Eso no habría sido fácil. Me gusta pensar que el amor que mi padre sentía por mí era lo bastante fuerte para que pudiera haberme aceptado. Pero en cierto modo es mejor que nunca hayamos tenido que averiguarlo, ni él ni yo. En lo que se refiere a mi padre siempre seguiré siendo una chica. Hay cierta pureza en eso, la pureza de la infancia."

Sobre la posibilidad de trasladar el formato del texto al de serie televisiva dentro del canal de pago HBO, se ha barajado incluir a Daniela Sea, quien ya hizo sus primeras apariciones como transexual masculino en la serie The L Word, y en la que su poderosa ambiguedad sexual representaba algo más que un tópico, una crítica abierta a la intolerancia de ciertos círculos.

Daniela Sea, o Max Sweeny en la serie The L Word
Las referencias construidas alrededor de Calíope alcanzan otros ámbitos y aletean por otros rumbos, imposible olvidar a la extraordinaria hermafrodita del filme argentino XXY, premio del público en el Festival de Cannes (2007), y dirigido por la también escritora Lucía Puenzo, en el que Álex encarnado por Inés Efrón, descubre las intimidades de un cuerpo dolorosamente ambiguo, en una época de la vida en la que detrás de los juegos de roces y miradas, la soledad emerge como el único valor seguro. La película, basada en el relato de Sergio Bizzio, el mismo autor de Rabia, la obra que el cineasta Sebastián Cordero llevó a la gran pantalla, logra momentos de gran sensibilidad y belleza.

Inés Efrón, o Álex en XXY de Lucía Puenzo

Middlesex, 56,90 usd en Librimudi (sin stock, según su página web)

lunes, 10 de enero de 2011

La vida en un día

Ha salido el primer corto con los resultados del proyecto del Director Ridley Scott y Youtube, consistente en dar testimonio a lo largo y ancho del planeta de las numerosas, azarosas, confusas o indescifrables vidas que caben en las 24 horas del día. El momento escogido para tal propósito fue el sábado 24 de julio, fecha en la que se recopiló un total de 4500 horas de video con episodios cotidianos entre los que se destaca el corto de la promoción (justo aquí debajo). No conozco si entre los retazos seleccionados, escogidos entre imágenes provenientes de 192 países, consta alguno de factura nacional, pero hasta confirmarlo les dejo algunos de los mejores que he podido encontrar en la red:

"Te da una idea de lo que era estar vivo aquel preciso instante", ha dicho uno de los responsables de la selección.


Tan diverso como el mundo. La compilación apunta a retratar la cotidianidad misma. El siguiente video refleja unos minutos en la vida de un chico que le cuenta telefónicamente a su abuela que es gay, "Hola abuela, soy David, tengo algo que decirte, aquel chico con el que estoy viviendo no sólo es un buen amigo, sino que es mi novio", puede escucharse en la conmovedora y divertida confesión (en inglés):


El resultado final, de hora y media de duración, se dará a conocer el sábado 27 de enero, en directo desde el Festival de Sundance, por el canal del proyecto. Para los que aún se sientan algo desorientados, a continuación el tráiler con el que fue anunciada la convocatoria:

Life in a Day, La Vida en un Día


Estoy leyendo: La Enfermedad, de Alberto Barrera Tyszka, (En Librimundi de la Plaza Foch, con descuento del 50% por promoción, 7,50 usd)

sábado, 8 de enero de 2011

Mis blogs preferidos

Cuando decidí crear esta entrada apenas si había considerado el trabajo que me tomaría reseñar, aunque fuera brevemente, los blogs, las páginas web, las librerías, los suplementos, portales y revistas culturales, y en fin todos aquellos rincones literarios por los que tengo algún afecto y a los que debo también cierta gratitud. De modo que en el afán de aliviarme algo de trabajo y sin ánimo de establecer un criterio de selección que no fuera el de mis urgencias personales, detallo a continuación los sitios que visito con mayor frecuencia en la red, empezando por los elaborados fuera del país (de cuatro en cuatro, claro):

MOLESKINE LITERARIO de Iván Thays                                                                                    
Iván Thays y su novela Un lugar llamado Oreja de Perro

Nada hay que escape a la mirada caleidoscópica del escritor peruano Iván Thays, finalista con su novela "Un lugar llamado Oreja de Perro" del Premio Herralde de 2008. En su blog se desliza con facilidad sorprende la casi totalidad del universo literario. Desde el Nobel a Mario Vargas Llosa, pasando por apuntes sobre literatura latinoamericana y europea, clásica y contemporánea, hasta las recientes reediciones de la obra de Faulkner en manos de la Editorial Alfaguara. La mayoría de entradas contienen información vital e indispensable para tomarle el pulso al panorama de las letras.


CRUCIGRAMA,  de Isabel Núñez

 
Isabel Núñez
Pocos blogs conjugan con tanta armonía la pasión por las letras y la vida cotidiana como el de la escritora catalana. En sus entradas pobladas de fotografías personales es posible encontrar elementos de su trabajo diario, sus lecturas y traducciones, así como referencias íntimas a las viscisitudes que afronta en su proceso compositivo. La fragilidad, la enfermedad, la introspección y la nostalgia emergen con un lenguaje sereno y alegre dotando a este prodigioso rincón virtual, afincado en Barcelona, del encanto necesario para embarcar a cualquier lector en el devenir más sobrio y ameno de la creación literaria.

BABELIA, de el periódico El País

Suplemento del Periódico El País
Son colaboradores habituales y ocasionales del suplemento Babelia del Periódico El País de España, Antonio Muñoz Molina autor del Jinete Polaco (ganador del Premio Planeta), Rosa Montero, Enrique Vila Matas, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, entre otros. En medio la enorme espiral de material periodístico creado como una verdadera apología al nombre que lo acoge, se puede hallar artículos, reseñas y reportajes sobre las más variadas disciplinas y géneros artísticos. Prueba de ello es la última edición dedicada en parte a las manías librescas de ciertos autores, al libro como objeto de culto y a ciertas patologías librescas. ¿Qué es la bibliopatía, bibliofilia, bibliofobia, bibliocastia, bibliocleptomanía, bibliofagia? Puede averiguarlo en el siguiente reportaje:

"Hay gente que se vuelve chiflada con los libros. Algunos sufren de bibliofilia, el amor desaforado por los libros. Los coleccionan, los almacenan en inmensas bibliotecas, persiguen de forma enfermiza incunables, ejemplares raros o primeras ediciones durante años en librerías de viejo escondidas por toda la faz del planeta..."


MICROREPLICAS, de Andrés Neuman

Andrés Neuman, entre Bariloche y el Viajero del Siglo

El escritor argentino, autor de obras como Bariloche y El Viajero del Siglo (Premio Alfaguara de Novela 2009), mantiene su blog personal bajo la premisa de la brevedad. Sus artículos apenas superan el párrafo de extensión. Se trata de verdaderos puntos luminosos dentro de su extenso mapa vital. He aquí uno de los más interesantes, transcrito en su totalidad por cierto:

"La Mística del Muro
París, barrio 13, rue Corvisart. Un grafiti en un muro: «La poesía es un deporte extremo». Lo firma una muchacha apodada Miss-Tic."
La Mística del Muro, del blog de Andrés Neuman

jueves, 6 de enero de 2011

Novedades en Tolstói Librería Independiente

Tolstói Librería Independiente (Vancouver, entre Italia y Alemania)

En librería Tolstói pude conseguir tras una ardua búsqueda un par de libros que han resultado fundamentales y me han aportado varias horas de grata lectura: Los Emigrados de W.G. Sebald y Herzog de Saúl Bellow. Acaba de llegarme un listado de la última actualización de su catálogo a la venta, se trata de textos literarios, sociológicos y filosóficos, de autores tan variados -y consagrados- como Bukowski, Hesse, Mishima, Popper, Foucault, Derridá, Zizek, Jung. En fin una espléndida e interesante oportunidad de llenar los vacíos de cualquier biblioteca personal o institucional:

Hesse/Sweig Correspondencia
Mckee, Robert El guión
Levi-Strauss El mito del eterno retorno
Mishima, Yukio Confesiones de una máscara
Poe, Edgar Allan Estuche - Cuentos Poe
Popper, Karl La miseria del historicismo
Rimbaud, Arthur Una temporada en el infierno. Iluminaciones
Wittgenstein, Ludwig Tractatus logico-philosophicus
Melville, Herman Las encantadas
Baudrillard, Jean El intercambio imposible
Baudrillard, Jean De la seducción
Campbell, Tom Siete teorías de la sociedad
Deleuze, Gilles La filosofía crítica de Kant
Derrida, Jacques Márgenes de la filosofía
Elizondo, Salvador Farabeuf o la crónica de un instante
Gadamer, Hans George La dialéctica de Hegel
Gadamer, Hans George El giro hermenéutico
Felipe, León Antología rota 
Lotman, Yuri Semiósfera II
Lyotard, Jean-Francois La condición posmoderna
Rimbaud, Arthur Poesías completas
Baudrillard, Jean La agonía del poder
Chartier, Roger ¿Qué es un texto?
Eco, Umberto Cultura y semiótica
Zizek, Slavoj Arte, ideología y capitalismo
Onfray, Michel La escultura de sí
AA.VV. El juego del otro
Queneau, Raymond El vuelo de Ícaro
Smart, Elisabeth En Grand Central Station me senté y lloré
Agamben, Giorgio La comunidad que viene
Agamben, Giorgio Medios sin fin
Agamben, Giorgio Homo sacer
Agamben, Giorgio Estado de excepción. Homo sacer II
Agamben, Giorgio El reino y la gloria
Cioran, E.M. Cuaderno de Talamanca
Debord, Guy La sociedad del espectáculo
Deleuze, Gilles Dos regímenes de locos
Deleuze, Gilles Mil mesetas
Deleuze, Gilles Rizoma
Deleuze, Gilles La isla desierta y otros textos
Deleuze, Gilles Conversaciones
Derrida, Jacques Cada vez única, el fin del mundo
Emerson, Ralph Waldo La conducta de la vida
Foucault, Michel El pensamiento del afuera
Foucault, Michel Nietzsche, la genealogía, la historia
Levinas, Emmanuel Entre nosotros
Onfray, Michel La teoría del cuerpo enamorado
Sollers, Philip La escritura y la experiencia de los límites
Wittgenstein, Ludwig Luz y sombra
Zizek, Slavoj Órganos sin cuerpo
Bauman, Zygmunt Modernidad y holocausto
Bauman, Zygmunt Arte, ¿líquido?
Gombrowicz, Witold Contra los poetas
Gramsci, Antonio Bajo la mole, fragmentos de civilización
AA.VV. Entrevistas Adelante, ¡contradígame!
Zizek, Slavoj En defensa de la intolerancia
Zweig, Stephan El misterio de la creación artística
Sloterdijk, Peter Temperamentos filosóficos

El libro de los muertos tibetano
Colli, Giorgio La sabiduría griega I
Colli, Giorgio La sabiduría griega II
Colli, Giorgio La sabiduría griega III
Derrida, Jacques Universidad sin condición
Derrida, Jacques ¡Palabra!
Derrida, Jacques Papel máquina
Horkheimer, Max Crítica de la razón instrumental
Horkheimer/Adorno Dialéctica de la Ilustración
Jung, C. Sobre el amor
Jung, C. Dos escritos sobre psicología analítica (rústica)
Jung, C. Mysterium coniunctionis (rústica)
Santos, Boaventura do El milenio huérfano
Zizek, Slavoj Arriesgar lo imposible
Apollinaire, Guillaume Las once mil vergas
Nietzsche, Friedrich Schopenhauer como educador
Poe, Edgar Allan Narraciones extraordinarias
Poe, Edgar Allan Los crímenes de la calle Morgue y otros cuentos
Artaud, Antonin El pesa-nervios
Bukowski, Charles El amor es un perro del infierno
Bukowski, Charles La gente parece flores al fin

(Si tienes pedidos comunícate al 3238207, en la ciudad de Quito)

sábado, 1 de enero de 2011

LA MUERTE DE GARCÍA MÁRQUEZ 1era parte

He aquí, a propósito del nuevo año, la primera parte de mi relato:



La Muerte de García Márquez


1
Despertar
          Todas las mañanas el mundo entero se recompone frente a la ventana de Mateo. El momento justo, porque ya se escucha desde el departamento contiguo los primeros pasos y los primeros trastos arrojados contra el piso. Es un instante fugaz: el cuerpo recobra su forma y la palabra su contenido, mientras bajo el brote de agua tibia de la bañera, Mateo rememora el cuerpo de su amante y lo desdobla hasta grabar sobre su piel todos los nombres: Adriana, Lizbeth, incluso Lucía que alude a aquellos seres portadores de la luz, o Cecilia que significa estar ciega, padecer de ceguera, como la justicia; y los cincela con paciencia infinita en sus muslos, en su cuello y en su vientre.
En el dormitorio, sobre la cama, aún dormitaba Amelia. Mateo se acercó, se reclinó sobre ella y le depositó en los labios un beso largo y sin pausas. Los dos contuvieron el aliento y ninguno se atrevió a abrir la boca, hasta que entre ambos estalló una risa espontánea. Se rozaron los dientes, se golpearon sus narices y el aliento renovado de Mateo inundó la boca de Amelia, mientras que el suyo, seco y denso, producto de las largas horas de sueño, se desfogó viciando la de su compañero,
-Tengo frío- musitó ella al momento de replegarse nuevamente en medio de las sábanas.
Apenas unos meses atrás Mateo estaba empeñado en un curioso proyecto: escribir una serie de relatos cuyo tema central era el ajedrez. ¿El ajedrez? Le preguntó Amelia. Al cabo de poco tiempo empezó a documentarse. Sobre su escritorio aparecieron sucesivamente el libro de Nabokov que narra la vida de un melancólico jugador, las crónicas de los legendarios choques Fischer-Spassky de 1972, y un cursillo por tomos que los seguidores del régimen soviético publicaron en Latinoamérica como forma de ganar adeptos para la nomenklatura.
Sus primeras incursiones en el tema arrojaron resultados medianamente aceptables. En el juego propuesto de establecer metáforas entre el combate ajedrecístico y el universo cotidiano empleaba elementos extraídos de la realidad y de sus experiencias personales. En uno de los textos se mostraba propicio a comparar el juego del ajedrez con la disposición y el cuidado de unos jardines en los que le gustaba sentarse a hojear sus libros. También había tratado, con menor éxito, de establecer relaciones entre el juego y las manifestaciones cíclicas del poder, tres de los cuatro movimientos de una sinfonía, o los variados trazos de una pintura contemporánea. Todo parecía encajar maravillosamente y denotar también que el mundo parecía creado sobre un tablero en el que, desde tiempos inmemoriales, se desarrollaba una partida mágica y alucinante.
Poco tardó en abandonar la iniciativa poniendo en remojo sus concepciones literarias y replanteando el alcance de su arte, llegando a preguntarse, una solitaria tarde de noviembre, ¿qué es la literatura? ¿por qué dedicarle tantas horas? ¿cuál es su utilidad y misterio?
Respecto a tales dudas, Mateo adquirió una sola certeza. Nadie ha leído todos los libros. Tampoco existe ser vivo, en ninguna parte, que vaya en camino de hacerlo. Es algo que le produce una intensa alegría: saber que a pesar de su empeño aún le quedan cuentas pendientes, deudas por saldar consigo mismo y con sus autores favoritos. Ni Jorge Luis Borges leyó por completo al irlandés James Joyce, ni él mismo, está seguro, dará cuenta, incluso al cabo de varios años, de su lista de textos pendientes. No todos los grandes escritores son tan brillantes como para dedicarles una atención eterna. Ninguno de ellos merece una fidelidad incuestionable. Es el secreto de los especialistas, leer los libros fundamentales, hojear los menos interesantes y descartar el resto.
Pero pensar, analizar, inventar, no son actos anómalos, son según Borges la respiración natural de la inteligencia. Borges aspiraba al superhombre. Mateo aspira, una vez que se apresta a tomar el desayuno y salir a la calle, a ordenar mentalmente todos y cada uno de los instantes de su día para poder alojar, incluso en las horas de la madrugada, unos minutos en los que dar forma a sus propias correrías y elucubraciones literarias.
Trabaja como corrector de estilo en una pequeña editorial. Toda una proeza si se atiende a las simples matemáticas. ¿Cuántas personas llevan un libro entre las manos? ¿Cuántas tienen interés de leerlo en el trayecto de vuelta a casa? Si en medio de su desconcierto todavía puede confiar en un reducido círculo de amistades, constituido por escritores todavía jóvenes, desafortunados y huidizos como él, no puede evitar sentirse mortalmente desalentado mientras constata las limitadas perspectivas que le ofrece el empleo que le ha tocado en suerte. Piensa en todo ello mientras abandona el departamento que comparte con Amelia y se sube a un taxi que rápidamente es absorbido por una larga y congestionada avenida cuyo ritmo cansino y adverso marcará el resto de la mañana.
Es una rutina que conoce perfectamente, ascender al octavo piso por un elevador de luces opacas, paredes verdes y aspecto de cámara frigorífica, avanzar con la mano oculta en el bolsillo y rebuscar pacientemente las llaves, sacudirlo todo: la gabardina, el saco y la camisa e ingresar a las oficinas con paso corto y mesurado. En el instante recibe una mirada afilada, debe entregar las primeras correcciones de un texto que le han asignado para su lectura y emprender, en caso de que la oferta de su autor suba ostensiblemente, todos los cambios necesarios.
El texto que se encuentra revisando se llama en su versión de pruebas: “La Muerte de García Márquez”, en sus páginas el autor ha dispuesto para el genial escritor colombiano unos funerales magníficos. Al féretro lo acompaña, previsiblemente, un tren envuelto en una nube de mariposas amarillas, mientras en medio de la fosa cavada bajo un árbol centenario alguien ha colocado una silla para que la corrupción final, la que lo devolverá a la tierra, lo alcance en la postura con la que regaló al mundo alguna de sus mayores obras. Termina la narración con una imagen desafiante, en un salón amplio y resonante, de aquellos en los que se aguarda pacientemente el transcurso de la eternidad, se han dado cita decenas de escritores, entre ellos se encuentran: Cervantes, Flaubert, Melville, Proust, Tolstoi, Mann, Borges y quizá también, en algún rincón apartado, Hemingway y Faulkner. Aquellos que como Albert Camus o Roberto Bolaño, que han muerto demasiado pronto, se consuelan mutuamente bajo una ventana de resplandores otoñales. El resto charla, se admira y muestra una disposición favorable para dar la bienvenida al recién llegado.
Sin embargo el escritor colombiano, que no da crédito a lo que ven sus ojos, ingresa al recinto con el gesto desencajado. El resto de escritores responde intimidado y molesto. No les cabe la menor duda, piensan, ha llegado el momento largamente esperado. ¿Cuál de ellos ha escrito la obra más grande? Se proponen numerosas alternativas para determinarlo: el número de páginas, el número de ediciones, el número de lectores. Borges queda descartado al mocionar que se preste atención a criterios más excelsos. Finalmente, luego de fuertes discusiones se logra consenso para proceder con una selección de carácter salomónico, cada escritor deberá recrear en los pisos y en las paredes del amplio salón, fragmentos de sus obras más notables. Aquel que resista la prueba hasta rubricar el punto final habrá vencido.
Una inagotable catarata de palabras se apodera de las tablas del suelo, de las paredes, de los revestimientos de madera, de las ventanas, de los armarios y de las finas y asombrosas arañas de bronce en cuyos extremos los más avezados han anudado largas tiras de papel manuscrito. Uno a uno los escritores van desfalleciendo mientras a su alrededor como un reguero de sangre densa y parduzca las marcas de tinta permiten leer algunas de las páginas más brillantes jamás escritas… el ser, el dolor, el tiempo y la memoria... Los únicos que llegan a la meta son los escritores jóvenes, muertos a destiempo, en la cúspide de sus ciclos creativos, por decirlo así en la flor de la vida. Aquellos a los que las musas inspiraron hondamente y los dioses reclamaron muy pronto. Precisamente Camus y Bolaño, cuyos libros, además, apilados por los extremos, uno encima del otro, sobrepasan los seis metros de altura. Seis metros de gloria literaria, alrededor de veinte kilos de palabras, un kilo de comas, unos seiscientos gramos de puntos. Treinta y tres peldaños tomaría a cualquier mortal acceder a la cúspide y adentrarse, ni más ni menos, que en el Olimpo de la Literatura.
¿Es cierto? ¿Puede la muerte convertirse en motivo de ironía? ¿Qué misterios esconde que nos resulta tan fascinante? Aquello que inconscientemente resaltamos del fallecimiento de otro ser es la maravillosa capacidad de revelar nuestra propia condición de fragilidad, así como nuestra finitud y miedos. Desde su infancia Mateo alberga en su cabeza una sola imagen relacionada con el temor que le produce la muerte. Vuelve a ella cada vez que levanta la mirada hacia lo alto: desde el claro intervalo de dos nubes se desprende una hilera formada por todas las aves del cielo cuyo descenso no sólo opaca los resplandores del sol sino que produce un estruendo sobrecogedor y espantoso.
Lleno de un ligero optimismo abandona la editorial sin charlar con nadie, es el resultado que le producen ciertas lecturas. Amelia lo conoce de sobra, lo ha visto adentrarse por horas en la revisión de un libro y pasar largas jornadas de introspección y silencio.
Tras abandonar el ascensor de paredes verdes y aspecto de cámara frigorífica y al caminar por un parque y enfrascarse en sus reflexiones sin reparar en el bullicio que producen los funcionarios públicos en busca de lugares para el almuerzo, Mateo comprendió que quizá ya no regresaría a la editorial para completar su jornada de la tarde, excepto para retirar sus pertenencias y devolver la llave olvidada, y que con toda seguridad al día siguiente lo abandonaría todo y que la semana próxima, qué duda cabe, estaría en camino de empezar una nueva vida, siempre a pesar de los malentendidos con Amelia y con la familia, de las explicaciones eternamente insuficientes, porque el momento mismo de declarar su fidelidad a la Literatura se abría ante él un camino lleno de molestias y estrecheces, de largas temporadas de cavilación matizadas por la soledad, la excentricidad y el abandono.