domingo, 23 de septiembre de 2012

Rincones Literarios en la Revista "Laberintus" de Argentina



Les dejo el link en facebook de la Revista Laberintus publicada en Argentina, en la que se recoge artículos, cuentos, ensayos, poesía, etc, etc, que en su número 6 ha tenido la gentileza de publicar mi artículo "Para una literatura queer" que ya apareciera en la Revista Equidad.

Un saludo a Marina Díez de los Rios y a todos quienes están a cargo de la publicación.


Haz click aquí para leer la Revista Laberintus.

Y haz click aquí para leer el artículo completo.

miércoles, 1 de febrero de 2012

La muerte de Wislawa Szymborska

Wislawa Szymborska

Al inicio de Austerlitz, la obra cumbre de W.G. Sebald, se puede contemplar la mirada de dos escritores, uno de ellos Borges, se trata según cuenta el escritor alemán de "esa mirada fijamente penetrante que se encuentra en algunos pintores y filósofos que por medio de la contemplación o del pensamiento puros, tratan de penetrar la oscuridad que nos rodea". Algo parecido puede decirse de la poeta Wislawa Szymborska que ha fallecido hoy en Cracovia. Ganadora del premio Nobel de 1996, sus poemas breves y cotidianos a veces simplemente duros aportan una maravillosa y evanescente luz a los sucesos más dolorosos: "La bomba explotará en el bar a las trece veinte. / Ahora apenas son las trece y dieciséis. / Algunos todavía tendrán tiempo de salir. / Otros de entrar...", dice de los momentos previos a un atendado terrorista. Sin embargo su faceta más lúdica y casi juguetona se nos descubre en sus maravillosos collages, elaborados con la superposición de imágenes y que sacudiéndose del corsé poético se sobreponen a la ausencia de palabras.


 La Menina de Velázquez en paisaje con ovejas, collage de Wislawa Szymborska 

Murió en casa, mientras dormía, ha dicho su secretario personal, aunque Szymborska quizá lo habría expresado de una manera diferente, acudiendo a sus composiciones visuales configurando con sus dedos nudosos un collage tan personal e irónico que su pura luminosidad, quizá tan sólo para reírse de nosotros, nos habría hablado de lo mágico que puede llegar a ser una vida, incluso una vida tan discreta y cálida como la suya.

Las frágiles manos de Wislawa Szymborska sosteniendo una copa.

Sigo leyendo: La Torre de Uwe Tellkamp

domingo, 1 de enero de 2012

LIBERTAD, de Jonathan Franzen

Portada de Libertad, cuarto libro de Jonathan Franzen

La trama de Libertad, último libro de Jonathan Franzen, puede resumirse en el peculiar amor a tres bandas que sostienen durante décadas el matrimonio de los Berglund y el excéntrico músico Richard Katz. En el ínterin se percibe todo aquello que es materia del proverbial orgullo estadounidense de finales del siglo XX y principios del siglo XXI: democracia, clase media, autocomplacencia y desdén por la suerte del resto del mundo. El punto de inflexión, sin embargo, es un evento que cambiará para siempre las coordenadas de la historia, el atentado del 11 S.
A pesar de ello Libertad no aborda directamente el tema de los ataques del 2001, sino que retrata la sociedad que se configura antes del suceso y particularmente aquella que emerge después, poniendo énfasis en consecuencias como la polarización política y los extremismos, que introducirán en la cotidianidad de la sociedad norteamericana conceptos tan ambiguos como choque de civilizaciones, liberación del pueblo iraquí  y guerra contra el terrorismo.
La intención de Franzen es clara: narrar el mundo desde la posición de la familia blanca y acomodada, cuyas permisividades economicas harían palidecer de indignación al resto de los mortales. El resultado es curioso y a pesar de lo restrictivo del punto de mira, las páginas de Libertad resultan de lo mejor que se ha escrito a lo largo de esta década. El mundo entero cabe en la vida de Patty y Walter Berglund, de sus hijos Joey y Jessica, del músico Richard Katz –quien contraerá breves nupcias con una ecuatoriana de nombre Ellie Posada– y del variado entorno urbano y suburbano que los rodea, y que alberga por igual a supremacistas blancos, jóvenes progresistas, adinerados profesionales, fervientes defensores y opositores de la corrección política.
Es así como vamos desentrañando el carácter tímido y apocado de Patty Berglund, quien dedica su adolescencia entera a la práctica del baloncesto, hasta que una lesión la aparta de la misma. La violación que sufre a manos de un compañero y cuya denuncia será motivo de conflicto entre ella y sus padres, socios de la familia del agresor, delinea su carácter. El frustrado viaje que emprende junto a Richard Katz y del que emerge la relación con Walter, se convertirá en un hilo narrativo suelto que Franzen retomará cientos de páginas después para cerrar el círculo.
Walter Berglund, joven progresista, empeñado en resolver el problema de la superpoblación, cuyas resonancias malthusianas lo colocan siempre al borde de la incorrección política, sufre una constante mutación y dedicará su madurez a la paradójica fórmula de buscar apoyo para la preservación de una pequeña ave llamada la reinita cerúlea -que ilustra la portada de la novela-, mientras negocia la explotación minera a cielo abierto de millares de hectáreas.
Con Richard Katz nos encontramos, en cambio, frente a frente con el fetichismo roquero –guitarras eléctricas, anfetaminas, chompas de cuero-, es en su carne que se hace patente el doloroso proceso de relevo generacional y decadencia asociada a los productos de consumo masivo. Los constantes reveses, las idas y vueltas, los vacíos existenciales que atraviesa lo convierten en un ser escasamente confiable y lleno de arrebatos.
 Por las paginas de Libertad pululan varios de los arquetipos de la sociedad estadounidense: los jóvenes rubios que pasean por el mundo subidos a sus chancletas, las tarjetas de crédito, las corporaciones, los contratos millonarios, todo forma parte de este magnífico libro que parece haber esperado su momento –la era Obama- para pasar revista al pasado más inmediato.
Con Libertad Franzen, figura del Hay Festival de Cartagena, ha querido introducirse en la tradición de los escritores que buscan narrar de una vez por todas la gran novela norteamericana, y que abarca dos siglos en la historia de la literatura, iniciando con Moby Dick y que en décadas más recientes cuenta con verdaderos pesos pesados de la literatura, a saber, Saul Bellow, John Updike, Philip Roth, Toni Morrison. En esta obra Franzen bebe de las fuentes de las novelas decimonónicas del siglo XIX, en particular de Guerra y Paz, -que es citada varias veces mientras Patty Berglund se empeña en apurar su lectura justo antes de irse a la cama con Richard Katz-, para recrear un universo de eventos y personajes complejos, interrelacionados y caracterizados en una infinidad de detalles.

Franzen, como portada de Time, espacio que han ocupado escritores como Joyce, Nabokov o Toni Morrison

La palabra Libertad, el singular título de la obra, en la pluma de Franzen no deviene falazmente en un ideal, no es una conquista, es por el contrario la metáfora perfecta de una forma de vida compleja, enrevesada, ni buena ni mala, que está allí mismo y que debe pasar por el tamiz de la EXPERIENCIA LITERARIA para alcanzar el grado de comprensión que demanda cualquier acto humano.
La lectura es vertiginosa, escrita de forma compacta, con pasajes verdaderamente admirables –particularmente aquellos que hablan del encuentro de los personajes con su propia sexualidad-, Libertad sitúa a Franzen al frente de una magnífica generación de escritores norteamericanos, entre los que se encuentran el malogrado David Foster Wallace o Jeffrey Eugenides, herederos a su vez de autores de la talla de Tom de Lillo o de los citados Roth y Updike. En lo que refiere al capítulo de las críticas, Franzen ha despertado con su novela grandes simpatías y enormes ventas, pero también se ha hecho acreedor de encomiados enemigos, como el renombrado John Banville, autor de El Mar, novela que obtuvo el premio Booker del año 2008, quien en una entrevista se muestra marcadamente contrario al estilo Franzen y compara su obra con el papel para envolver los famosos bocaditos de comida rápida. 
Como sea, tanto por las posturas favorables como por las desfavorables, por los nombres que se alinean a un lado y al otro, no cabe duda que con este libro parece estar cocinándose algo importante en la literatura.
Hacia el final el texto se asoma a las puertas de la crisis económica, episodio que apenas deja entrever sus devastadoras consecuencias y que viene a ser, en tanto que contexto histórico de la publicación de la novela, una suerte de colofón redondo y perfecto de la época escogida por Franzen para insuflar de vida a sus personajes. No cabe duda que el mundo cambió a partir del 11 S y que lo hará en lo sucesivo, pero ese es un capítulo diferente, por lo que respecta al período que va desde los setenta hasta el primer año del gobierno de Obama, no cabe duda que Franzen ha logrado con Libertad un fresco barroco, totalizador y envolvente que nos acerca a la comprensión de una forma de vida, de una perspectiva del mundo -alguien se aventuraria a decir una weltanschauung- que excede con mucho los tópicos que se tienen de la sociedad estadounidense y que apuesta por narrar en palabras mayúsculas los avatares de la vida contemporánea.

Jonathan Franzen en su residencia de Nueva York

Dossier Franzen

Libertad, de Jonathan Franzen, Editado por Salamandra, 667 págs., puede encontrarse en Mr. Books, Librimundi o Libro Express, por 24,99 usd.


Estoy leyendo: La Torre, de Uwe Tellkamp

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Michel Houellebecq, El mapa y el territorio

  Houellebecq y la potada de El mapa y el territorio

La trágica muerte de Michel Houellebecq, degollado junto a su perro, no parece conmover demasiadas sensibilidades y la vida del pintor Jed Martin -protagonista de la novela- continúa sin más alteraciones hasta que la policía empieza a frecuentarlo para recabar su versión de los hechos. Previo a su deceso, el escritor francés ha optado por una suerte de retiro monacal en el que apabullado por la depresión y la soledad, rodeado de libros y escribiendo -a pesar de todo esribiendo-, participa en la elaboración del catálogo de la peculiar obra de su alter ego pictórico.

Así es El mapa y el territorio de Michel Houellebecq, una superposición de elementos reales y ficticios que alternan entre sí sobre una superficie tambaleante, acuosa. Así es también, sin más, la vida cotidiana que acorde a su talante desenfadado el autor de Plataforma y Las Partículas Elementales, propone a sus infortunados personajes y hace extensiva a su legión de lectores. En su nueva novela, acreedora del Premio Goncourt, nos presenta una obra en la que pasa revista a la Francia contemporánea a partir de las exploraciones visuales que realiza el ya citado Martin cuyo único asidero en este mundo son las nada envidiables cenas navideñas que comparte con su padre, un afamado arquitecto. Lo que sucede después, el salto al éxito, un par de tórridas aventuras, el comercio millonario de obras artísticas, nos permite recorrer los pasillos de la visión fatalista y pragmática que ya es marca de la casa.

En efecto, Houellebecq se mueve con ligereza cuando se trata de explorar zonas densas y propone una disección de la vida contemporánea que suele acabar de las formas más insospechadas. En todo ello, hay que mencionarlo, la ironía juega un papel relevante, aunque en esta ocasión parece hacerlo dentro del terreno de la corrección política y no ofrece pábulo a mayores polémicas. Es así que el mundo del arte y sus infinitas muestras e instalaciones que pululan sin cesar por salas y galerías se desnuda en manos del escritor francés y nos muestra su lado menos conmovedor y más comercial.

De ello cabe inferir que no es anecdótico, sino más bien simbólico, el asombro que siente el protagonista, cuando en la presentación de su obra observa a numerosos desconocidos cruzando palabras ante sus cuadros y fotografías, mientras que él mismo, siguiendo a pies juntillas las indicaciones de la directora de comunicación de la galería -una mujer de gafas gruesas y aspecto de lesbiana intelectual, apunta desdeñoso Houellebecq-, es forzado a mantenerse en el más odioso de los silencios. Su obra no le pertenece, ha mudado de corteza aún antes de cambiar de manos y son los especialistas, los curadores, quienes tienen la última palabra.

El título no deja lugar a dudas, es la posibilidad de la representación, de la mutación que sufren los objetos en tanto que motivo de estudio, -el mapa reinventa el territorio- la que actúa en el centro de la obsesión de Jed Martin y le provee sus numerosos éxitos. Primero se trata de una serie de fotografías sobre pernos, llaves y tuercas, luego, empleando el mismo lente de la cámara, una exposición alrededor de los mapas y las guias Michelin -aquellas que distinguen a restaurantes y establecimientos con las famosas y ansiadas estrellitas-, luego los numerosos cuadros hiperealistas de personalidades como Steve Jobs y Bill Gates. Es, no obstante, hacia el final de su vida, y del libro, que Martin formula una brevísima e interesante forma de abstracción artística, al valerse de numerosas bandas video -como las llama- para crear amplios planos en cuya exposición los "objetos industriales parecen ahogarse, gradualmente sumergidos por la proliferación de capas vegetales...
...A veces dan la impresión de debatirse, de que intentan volver a la superficie; después los arrastra una ola de hierbas y hojas, se hunden en el magma vegetal, al mismo tiempo que su superficie los disgrega y revela los microprocesadores, las baterías, las tarjetas de memoria..."


Hoeullebecq se muestra feliz encarnando el infaltable papel de enfant terrible de las letras francesas

En la obra de Houellebecq el mundo se muestra descompuesto, fracturado, adverso, arrasado por numerosas crisis. Y es desde la perspectiva de la voz narrativa -situada varios años en el futuro- que todo parece despeñarse en el abismo o rehacerse al último minuto. Finalmente los objetos, las instituciones, todo -excepto los ínfimos proyectos vitales de los habitantes de este planeta-, permanece y avanza en un curioso devenir circular.

Houellebecq juega a dos bandas con la idea de su propia muerte, primero planteando el escabroso asesinato de su avatar literario y luego imponiendo a Jed Martin un destino laxo y reposado, -que puestos a hablar en serio parece más el final apropiado de un escritor tan misántropo como lo es él mismo-. Y desarrolla a partir de ello una de los temas más relevantes de su literatura, el de que toda vida encierra en sí misma una oportunidad -y una sola- de interpretar y habitar el mundo. Nada invalida una existencia, ni el hedonismo, ni la saciedad, ni la depresión, ni la violencia, ya que después de ello simplemente no existe nada.

La suya, sobre todo en este libro, es una literatura utilitaria, nada barroca ni preciosista, y durará seguramente lo que dure el mismo Houellebecq, quien con sus aspavientos y polémicas es el vehículo más apropiado para la puesta en movimiento de los engranajes editoriales -no olvidemos que durante semanas, justo después de la publicación del texto, el mismo autor anduvo desaparecido, sin dar señales de vida, en el preciso instante en el que empezaban a difundirse detalles de su obra y se conocía poco a poco, y a veces entre nerviosas sonrisitas, la terrible muerte de su personaje-. Houellebecq lo ha hecho de nuevo, ha ampliado la legión de sus fervientes seguidores y ha obtenido a la par enormes ganancias, tal como le sucede a Jed Martin con sus cuadros, otorgando con ello y con su imprescindible aura de enfant terrible, una sólida e inapelable victoria al pragmatismo que nos invade.


El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq, Ed. Anagrama, 377 págs. Puedes encontrarlo en Mr. Books del Quicentro por 34,40 usd.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Los libros del 2011

 Mis lecturas preferidas durante el 2011

A continuación un breve repaso a las mejores lecturas del 2011, nótese que me refiero a aquellos textos que por diversas circunstancias llegaron a mis manos y dejaron una huella imborrable en mi personalísimo mapa literario:
  1. Libertad, de Jonathan Franzen.
  2. Ilustrado, de Miguel Syjuco.
  3. El grito silencioso, de Kenzaburo Oe.
  4. El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq.
  5. Herzog, de Saúl Bellow.
  6. Auto de fe, de Elías Canetti. 
  7. La Enfermedad, de Alberto Barrera Tyszka.
  8. Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh.
  9. El Mar, de John Banville.
  10. La soledad de los números primos, de Paolo Giordano.

Estoy leyendo: Tal día como hoy, de Peter Stamm, Librimundi del Quicentro, 27,15 usd.

lunes, 19 de septiembre de 2011

AUTO DE FE, de Elías Canetti

  Canetti y la portada de su ùnica novela

    Con Auto de Fe, de Elías Canetti, no hay concesiones. Se trata de una novela compleja, enrevesada y cargada de la sensibilidad agobiante y trágica de los años previos a la segunda guerra mundial. Advertir en cada una de sus páginas la neurosis y la permanente amenaza física, en la que viven y sucumben todos sus personajes, equivale a tomar el pulso a una sociedad que deviene paulatinamente en un campo de batalla. La visión es estremecedora, por sus páginas desfilan enfermos mentales, vagabundos, estafadores, buhoneros, tullidos y todo el panorama residual de las sociedades.
    No obstante aquel agobio ambiental es sólo uno de los hilos argumentales que cruzan el texto. A ello es necesario sumar los elementos propios de la trama, el conflicto entre los personajes, la pavorosa caída de Kien, el personaje central, que terminará convertido en una antorcha humana al inmolarse con su enorme biblioteca privada de más de 25.000 volúmenes, que convertidos en metáfora, hablarán por adelantado de las desgracias que estaban por cernirse sobre el continente europeo. Un poco de contexto: hacia 1933 los nazis toman el poder en Alemania. A la par del galopante ascenso de los fascismos, y contraponiendo un peso igualmente temible, el totalitarismo soviético parece equilibrar tímidamente la balanza tornando en ambos casos no sólo viables, sino deseables las decisiones de última instancia, los grandes movimientos geopolíticos y el ocaso real y verificable de numerosos pueblos.
    Las páginas más terribles son, sin duda, aquellas en las que la violencia se hace carne. El portero, un sujeto infame, se regodea de forma constante en la amenaza que ejerce sobre las mujeres a las que en último término se propone violar o golpear hasta la humillación. Fischerle, un arquetipo del judío, equiparable por momentos al famoso Juden Suss que popularizó la propaganda nacionalsocialista, igualmente deleznable y kitch, perece de forma terrible, en la víspera de su viaje a América, con la joroba cercenada. Todo ello teniendo como telón de fondo la imagen del famoso y encomiado Herr Doktor, Doktor Peter Kien, una suerte de Doktor Fausto a lo Thomas Mann, representaciòn de aquella estirpe sobradamente intelectual y aristocrática, divorciada del mundo y cómplice de los peores arrebatos del poder.
    En efecto, es Kien, el más grande de los sinólogos vivos, la persona que encarna a la perfección todo el caos, la soberbia y la ceguera imperantes. En las páginas finales y confirmando la permanente atmósfera de misoginia que envuelve la obra, sumido ya en un peculiar delirio, se despacha con un curioso monólogo sobre las mujeres, rescatando una serie de referencias históricas vertidas por pensadores y filósofos. La mujer es aborrecible y prescindible. La mujer es detestable, representa al pecado y la perdición. La misma Teresa, su esposa y otrora ama de llaves, se convierte en el origen de todos sus males. Poco después el delirio se condensa y alcanza nuevos matices, apostado ante la mirilla que el portero ha practicado para reconocer a cuanto indeseable se posa junto a su gabinete, Kien sucumbe ante lo que ha tomado por alucinaciones visuales y acústicas y procede a la mutilación de uno de sus meñiques y a la asfixia de cuatro canarios que lo atormentan con su canto. Kien ha perdido la razón, el soberbio entramado intelectual se tambalea, si la racionalidad falla en su comprensión del mundo ya solo queda lugar para los temores más intensos, las fobias, el odio y la muerte.
    No obstante a lo largo de las más de seiscientas páginas de la novela hay momentos brillantes, hilarantes, jocosos. Un discurso de Kien a sus libros con el propósito de cerrar filas en aras de no sucumbir al mezquino deseo de Teresa que pretende negociar con ellos, solventado con la idea salomónica de voltearlos sobre sus lomos, para que todos resulten similares, inidentificables, escasamente interesantes; divagaciones y ensoñaciones enfermizas sobre libros torturados, -no sólo descuadernados y raídos, sino sometidos a cruentos tormentos inquisitoriales-; verdaderas alucinaciones a cargo del jorobado Fischerle que pretende escapar a América con el propósito de vivir atiborrado de lujos y enfrentar y derrotar al maestro José Capablanca en memorables disputas ajedrecísticas.
    El mérito de Canetti radica en que a pesar de su juventud, 30 años, logra convertir una novela enrevesada en un ejercicio personalísimo de revisión de su entorno, a la par que una válvula de escape para sí mismo. Después del breve entusiasmo posterior a su publicación, Auto de Fe permanece ignorada durante largas décadas, no obstante la prolijidad y laboriosidad de su autor se mantienen inalterables, en 1960 verá la luz su obra cumbre, una suerte de ensayo entre la sociología y la literatura Masa y Poder, y en 1981 Canetti recibirá el Premio Nobel. Puede alguien imaginar una trayectoria tan brillante prescindiendo de un texto que actúa, primero desde el olvido y luego a partir de entusiasmos aislados, como piedra angular de una personalísima, agobiada y luminosa visión literaria.
    Canetti no es Kafka, la apología que en el checo se resuelve de manera introspectiva, denotando un universo interior marcado por el silencio, en esta novela es brutalidad manifiesta, exaltación de lo grotesco, sorna e ironía. Canetti no es Thomas Mann, aquello que en el autor de la Montaña Mágica camina hacia la perfecta simetría, en el búlgaro parece descuadrarse y perder el equilibrio. Canetti no es Tolstoi, pero es capaz de ofrecernos un magnífico fresco de su época. Canetti, ese autor (un escritor para escritores) al que a pesar de su complejidad y densidad es necesario leer asiduamente y tener presente, es capaz, en esta novela, de capturar y sintetizar un mundo agobiado y deshecho, un mundo en llamas como el que ilustra la portada de la Ediciòn de DeBolsillo, de tonalidades rojas y amenazantes, un mundo extenuado que perturba al lector con su desfile de cuerpos marginales, miradas contraídas y rostros deshechos.


 Dulle Griet, pintura de Brueghel que ilustra la portada en la ediciòn DeBolsillo

sábado, 10 de septiembre de 2011

"Cartografía de los libros usados"

 Fragmento de mi biblioteca

En la revista "Ñ", del periòdico El Clarín de Argentina aparece un magnífico artículo de Marcelo Birmajer. Un recorrido personal sobre las casualidades literarias. Sobre los inesperados encuentros y las desoladoras pérdidas. Las primeras ediciones de Anagrama se escabullen a lo largo de décadas para ser reencontradas años después en un oscuro local de venta de libros usados. Un cómic, los tres volúmenes de la autobiografìa de Kissinger, todo con el trasfondo de un cheque que espera ser cambiado a fin de tornar cíclico el sacrificio: un escritor a la búsqueda de otros escritores, numerosos libros perdidos que deben, o deberían, volver a las manos de su dueño. Todo con un lenguaje dotado de alta sensiblidad y de sutiles resonancias trágicas:

"Todo comenzó hace 25 años. Me había exiliado en el barrio de Florida, al borde de la Panamericana. Para llegar al Once tenía que tomar el colectivo 60. Habitaba una pieza en una casa de dos pisos. El piso de abajo lo compartían una ex monja y un ex JP, que eran pareja, más una amiga de la monja; arriba, un kiosquero, un músico y un servidor. El muchacho de abajo se despertaba fumando marihuana y se iba a dormir inhalando sustancias que quitan el sueño, de modo que nos atormentaba con una música indefinible, a todo volumen, de seis a seis. En esas circunstancias yo había comenzado a trabajar en la revista Fierro, y su director, Juan Sasturain, me había prestado un libro selecto: Williard y sus trofeos de bolos , de Richard Brautigan.
Siempre he sido de perder todo lo que toco, y en aquellos meses del invierno del 87, cuando no dormía más que unos pocos minutos por día, mi incapacidad recrudeció. Pero por medio de distintos artilugios, y por una ciega y férrea voluntad, de algún modo logré retener hasta el último de los trofeos de bolos de Williard. Eran aquellos primeros libros de Anagrama que llegaban al país: tapas blancas con dibujos colorinches. Mucho Bukowski, mucho “polla”, “chaval”, “follar”; varios recién nacidos escritores argentinos mechaban en su prosa el vocabulario de las traducciones del ya envejecido destape español. Yo leía muy orondo, en el colectivo 60, aquella prosa de los sesenta entre beatnik y despiadada, feroz y graciosa, pornográfica y mística. Eran libros que olían a nuevo y a importado en muchos sentidos distintos, pero a la vez eran la buena y vieja literatura, la misma que hacíamos acá cuando los españoles ni siquiera podían traducirla. Hizo falta mucho más que mis propios descuidos para arrebatarme ese libro.
Una noche negra como la del largo exilio del pueblo de Israel, me bajé del 60 en la parada incorrecta. Busqué entre las tinieblas el sendero del regreso. Pero los pájaros de la muerte se habían comido las pistas de migas de pan. Un asesino vocacional, proveniente de la Villa Miseria lindera, me asombró alzando un rodillo de pintura por sobre mi cabeza y, con la otra mano en el bolsillo, ordenando: “Vamos para la villa, vamos para la villa”.
Nunca olvidaré ese rodillo de pintura alzado como un arma, blanco en el medio de la noche. El grito en susurros de arreo no era una invitación a conocer otra cultura, ni al diálogo; era la vieja canción del verdugo, del opresor, disfrazado de pobre, de víctima. Antes de esa noche, durante esos minutos de zozobra y por el resto de mi vida, supe lo mismo: el que alza un arma contra el inocente es el opresor, no importa su clase social, ni sus antecedentes ni sus motivaciones: no todos estamos capacitados para salvar vidas; pero todos estamos capacitados para no matar ni amenazar. Por supuesto, no acepté su invitación. Aunque siempre le he tenido miedo a los perros y a los ladrones, respondí: “De acá no me muevo”. Prefirió llevarse todas mis pertenencias. Un impermeable, una de las pocas herencias que me dejó mi padre, fallecido dos años antes de este suceso. Algunos billetes de muy baja denominación. Un reloj, regalo de fin del secundario. Y el tesoro que para ese alcahuete nada representaba ni valía: Williard y sus trofeos de bolos, dentro de una mochila con una palta y una botella de jugo de limón Minerva, cuya etiqueta advertía a los consumidores con un haiku que preserva mi memoria y no aparece en Google: El sedimento es pulpa que precipita.
El sedimento, como la memoria, es pulpa que precipita. Permítanme considerar la recién acabada primera parte de este no tan largo relato como un flashback in media res, como el comienzo de El escudo averno de Asterix. Es el único episodio de los realizados por Goscinny y Uderzo que se inicia con una referencia al pasado cercano, relativamente lejos del tiempo y el lugar de la aldea de Asterix, específicamente a la derrota, en Alesia, del jefe averno Vercingetorix, quien arroja sus armas, entre ellas el escudo del título, a los pies del César. El resto de la historieta transcurrirá más de veinte años después, cuando regresamos al presente de la aldea gala invencible. Del mismo modo yo comienzo esta crónica con el recuerdo de aquel libro robado para llegar a nuestros días, veinticinco años después, específicamente al momento cuando viniendo de mi casa, en Constitución, rumbo a mi oficina, en el Once, creo divisar la colección completa de los viejos libros blancos y colorinches de Anagrama. La colección completa es un decir: son muchos, blancos, uno al lado del otro. En ese momento no tengo tiempo de detenerme, pero lo registro en mi memoria. Dentro de un par de semanas debo compartir una mesa redonda con Sasturain, en Rosario: un homenaje a Fontanarrosa. ¿Qué tal si me aparezco, un cuarto de siglo después, con el recuperado libro de Brautigan? Mi vida oscila entre la sobreocupación y el ocio malsano. Hay semanas en que no alcanzo a completar el trabajo que se me pide, otras en que no me alcanzan las manos para rascarme. La semana siguiente al descubrimiento del botín de los viejos de Anagrama en la librería de usados sobre la avenida Entre Ríos, es de esas en que me pregunto cuál es mi función en la vida. ¿Para qué sirvo? ¿Por qué no estoy haciendo algo útil? Mejor salir en busca de aquel libro robado. Pero cuando llego, la colección de Anagrama no está. El vendedor no es el mismo, pero parece saber que alguien pasó y se llevó todos los “libros blancos”. Tiene que ser obra de un malhechor. Finalmente, aquel ladrón era un hechicero y me ha perseguido en el tiempo, hasta mi penosa adultez. Las cosas que ganamos, las ganamos sólo por un tiempo. Pero las que perdemos, las perdemos para siempre. Y es un consuelo estúpido, cobarde, recitar en tono plañidero el adagio: “Si lo perdiste, nunca fue tuyo”. Por supuesto que se pierde, por supuesto que fue tuyo, por supuesto que nunca más lo recuperarás, por supuesto que nunca más te recuperarás.
En la misma librería encuentro una edición incunable de El Príncipe y el Mendigo , de Mark Twain, del tamaño de la palma de mi mano, con dibujos de Carlos Freixas y traducción de Elsa Oesterheld, la ahora viuda y por entonces esposa del autor de El Eternauta . Se lo llevaré a Rosario, a modo de indemnización, a Sasturain, por el libro de Brautigan robado en segunda instancia por el hechicero.
El día no se ha salvado, pero tampoco hundido. En una editorial a la altura de la avenida Independencia me aguarda un cheque. No es gran cosa, pero yo tampoco soy gran cosa: de modo que los pequeños cheques y yo nos entendemos. Otra librería de usados, sobre la calle Montevideo, una cuadra antes de llegar a la avenida Rivadavia, exhibe un álbum de historieta más poderoso que cualquier evento presente Superman vs Muhamad Alí , Deluxe Edition, dibujo: Neal Adams, guión: Denny O`Neil.
Leí esa historieta hace 34 años, en castellano. Aunque nunca fui devoto de los personajes de la DC, ese episodio en particular me fascinó. Los extraterrestres, como siempre, quieren destruir la Tierra, pero nos darán una última oportunidad: nuestro principal gladiador debe luchar contra el mejor de ellos. Sin embargo, ¿quién es el mejor representante de la Tierra para este combate, Superman o Muhamad Alí? Alí pretende imponerse con el argumento de que no sólo es el mejor, sino de que, a diferencia de Superman, él es terráqueo. Superman contrapone que él es naturalizado terráqueo, y que se ha jugado por la Tierra tantas veces que tiene el mismo derecho que Alí a defenderla.
Finalmente juegan una semifinal –Superman despojado de sus superpoderes– en la que triunfa Alí. Es un episodio majestuoso. 34 años después, perdido ese volumen por la acción del tiempo, en la puerta de vidrio de la librería cuelga un cartelito que reza: “Enseguida vuelvo”. ¡Enseguida vuelvo! Eso fue lo mismo que me dijo la historieta el día en que la perdí. Lo mismo que me dijeron cada una de las cosas que perdí en mi vida. Pero igual que el dueño de esta librería, no vuelven. Todavía no volvieron.
Lo espero, pero no más de lo que me permite el horario de la editorial: puedo pasar a buscar el cheque de 11 a 12.30, y yo nunca hago esperar a un cheque. Me marcho con la esperanza de que la historieta de Alí contra Superman no me haga el mismo chiste que la colección blanca de Anagrama; de que los poderes del hechicero no lleguen tan lejos, de que se haya despojado de ellos como para librar una batalla justa entre mi persona, en representación del recuerdo, del sedimento, de la decencia; contra el olvido, los ladrones y los falsos progresistas. ¡Qué suelte su rodillo y pelee como un hombre!.
En la editorial no sólo me aguarda el cheque, sino la posibilidad de cambiarlo de inmediato y, dadas las coordenadas geográficas, premiarme con una visita al restaurant del centro cultural japonés, sobre la avenida Independencia.
Pero llegando a destino, no casualmente por la calle Estados Unidos, descubro, al 600, una librería de usados en inglés, Walrus. Desde la vidriera me recibe un libro de conversaciones con Truman Capote. Subrayo “con”, porque he leído muchos reportajes de Truman Capote “a”, por ejemplo, Brando; o la aguafuerte sobre Marilyn Monroe. Pero este libro son reportajes que le han hecho a Truman Capote, él como entrevistado. Todavía no entro. Voy al restaurant japonés, me pido un sashimi teishouko, dejo el abrigo en la silla, y regreso a la librería. ¡Podré mirar libros mientras me preparan la comida! ¡No padeceré ansiedad ni hambre anticipada! El día está muy cerca de ser un éxito. El sedimento es pulpa que precipita.
Atiende la librería un joven de no más de veinte años. Hace cerca de tres meses que terminé de leer el segundo tomo, y yo creía que último, de las memorias de Kissinger. 1.062 páginas cada uno. Pero la ineludible Internet me revela una cuenta pendiente: hay otras 1.062 páginas, Years of Renewal , la administración Ford. El libro es inconseguible. En Amazon lo ofrecen solamente usado, y no lo envían a la Argentina. Pero ya que estoy en la librería en inglés, le preguntaré al librero, seguramente un analfabeto que no sabe siquiera quién fue Kennedy, si tiene algo de Kissinger. El muchacho se lleva una mano al mentón y me recita, en tono casual, sin pretensiones, los títulos de los tres, repito, los tres, tomos de las Memorias de Henry Kissinger.
Son muchos milagros en un solo momento: el librero, de no más de veinte años, es un erudito, un genio, un prodigio. El Mozart de los libreros. Me avergüenzo de mis prejuicios contra la juventud. El libro sale nada más que 75 pesos, menos de la mitad de lo que me hubiera costado en Amazon, si me lo hubieran querido vender. Felipe, se llama el librero. Es mi nuevo ídolo.
Para encontrarle un título a mi nota, unifico todo este episodio –el encuentro casual de la librería, el librero prodigio, la aparición del libro– en un solo milagro.
El siguiente es cuando, caminando de regreso a mi barrio, paso por la librería de usados de la calle Montevideo, y aún están allí Alí y Superman, a punto de pelear, de representar, 34 años después, una vez más su papel por la supervivencia de la Tierra. Tal vez nunca consigan salvar este planeta. Pero, por hoy, me salvaron a mí."

Sigo leyendo el casi extenuante: Auto de Fe, de Elías Canetti.

LOS LÍMITES DEL CUERPO EN EL CUENTO “LA DOBLE Y ÚNICA MUJER” DEL ESCRITOR PABLO PALACIO

Resumen: El presente ensayo tiene como objeto realizar una lectura del cuerpo y su inscripción en el discurso de lo marginal, a...