lunes, 19 de septiembre de 2011

AUTO DE FE, de Elías Canetti

  Canetti y la portada de su ùnica novela

    Con Auto de Fe, de Elías Canetti, no hay concesiones. Se trata de una novela compleja, enrevesada y cargada de la sensibilidad agobiante y trágica de los años previos a la segunda guerra mundial. Advertir en cada una de sus páginas la neurosis y la permanente amenaza física, en la que viven y sucumben todos sus personajes, equivale a tomar el pulso a una sociedad que deviene paulatinamente en un campo de batalla. La visión es estremecedora, por sus páginas desfilan enfermos mentales, vagabundos, estafadores, buhoneros, tullidos y todo el panorama residual de las sociedades.
    No obstante aquel agobio ambiental es sólo uno de los hilos argumentales que cruzan el texto. A ello es necesario sumar los elementos propios de la trama, el conflicto entre los personajes, la pavorosa caída de Kien, el personaje central, que terminará convertido en una antorcha humana al inmolarse con su enorme biblioteca privada de más de 25.000 volúmenes, que convertidos en metáfora, hablarán por adelantado de las desgracias que estaban por cernirse sobre el continente europeo. Un poco de contexto: hacia 1933 los nazis toman el poder en Alemania. A la par del galopante ascenso de los fascismos, y contraponiendo un peso igualmente temible, el totalitarismo soviético parece equilibrar tímidamente la balanza tornando en ambos casos no sólo viables, sino deseables las decisiones de última instancia, los grandes movimientos geopolíticos y el ocaso real y verificable de numerosos pueblos.
    Las páginas más terribles son, sin duda, aquellas en las que la violencia se hace carne. El portero, un sujeto infame, se regodea de forma constante en la amenaza que ejerce sobre las mujeres a las que en último término se propone violar o golpear hasta la humillación. Fischerle, un arquetipo del judío, equiparable por momentos al famoso Juden Suss que popularizó la propaganda nacionalsocialista, igualmente deleznable y kitch, perece de forma terrible, en la víspera de su viaje a América, con la joroba cercenada. Todo ello teniendo como telón de fondo la imagen del famoso y encomiado Herr Doktor, Doktor Peter Kien, una suerte de Doktor Fausto a lo Thomas Mann, representaciòn de aquella estirpe sobradamente intelectual y aristocrática, divorciada del mundo y cómplice de los peores arrebatos del poder.
    En efecto, es Kien, el más grande de los sinólogos vivos, la persona que encarna a la perfección todo el caos, la soberbia y la ceguera imperantes. En las páginas finales y confirmando la permanente atmósfera de misoginia que envuelve la obra, sumido ya en un peculiar delirio, se despacha con un curioso monólogo sobre las mujeres, rescatando una serie de referencias históricas vertidas por pensadores y filósofos. La mujer es aborrecible y prescindible. La mujer es detestable, representa al pecado y la perdición. La misma Teresa, su esposa y otrora ama de llaves, se convierte en el origen de todos sus males. Poco después el delirio se condensa y alcanza nuevos matices, apostado ante la mirilla que el portero ha practicado para reconocer a cuanto indeseable se posa junto a su gabinete, Kien sucumbe ante lo que ha tomado por alucinaciones visuales y acústicas y procede a la mutilación de uno de sus meñiques y a la asfixia de cuatro canarios que lo atormentan con su canto. Kien ha perdido la razón, el soberbio entramado intelectual se tambalea, si la racionalidad falla en su comprensión del mundo ya solo queda lugar para los temores más intensos, las fobias, el odio y la muerte.
    No obstante a lo largo de las más de seiscientas páginas de la novela hay momentos brillantes, hilarantes, jocosos. Un discurso de Kien a sus libros con el propósito de cerrar filas en aras de no sucumbir al mezquino deseo de Teresa que pretende negociar con ellos, solventado con la idea salomónica de voltearlos sobre sus lomos, para que todos resulten similares, inidentificables, escasamente interesantes; divagaciones y ensoñaciones enfermizas sobre libros torturados, -no sólo descuadernados y raídos, sino sometidos a cruentos tormentos inquisitoriales-; verdaderas alucinaciones a cargo del jorobado Fischerle que pretende escapar a América con el propósito de vivir atiborrado de lujos y enfrentar y derrotar al maestro José Capablanca en memorables disputas ajedrecísticas.
    El mérito de Canetti radica en que a pesar de su juventud, 30 años, logra convertir una novela enrevesada en un ejercicio personalísimo de revisión de su entorno, a la par que una válvula de escape para sí mismo. Después del breve entusiasmo posterior a su publicación, Auto de Fe permanece ignorada durante largas décadas, no obstante la prolijidad y laboriosidad de su autor se mantienen inalterables, en 1960 verá la luz su obra cumbre, una suerte de ensayo entre la sociología y la literatura Masa y Poder, y en 1981 Canetti recibirá el Premio Nobel. Puede alguien imaginar una trayectoria tan brillante prescindiendo de un texto que actúa, primero desde el olvido y luego a partir de entusiasmos aislados, como piedra angular de una personalísima, agobiada y luminosa visión literaria.
    Canetti no es Kafka, la apología que en el checo se resuelve de manera introspectiva, denotando un universo interior marcado por el silencio, en esta novela es brutalidad manifiesta, exaltación de lo grotesco, sorna e ironía. Canetti no es Thomas Mann, aquello que en el autor de la Montaña Mágica camina hacia la perfecta simetría, en el búlgaro parece descuadrarse y perder el equilibrio. Canetti no es Tolstoi, pero es capaz de ofrecernos un magnífico fresco de su época. Canetti, ese autor (un escritor para escritores) al que a pesar de su complejidad y densidad es necesario leer asiduamente y tener presente, es capaz, en esta novela, de capturar y sintetizar un mundo agobiado y deshecho, un mundo en llamas como el que ilustra la portada de la Ediciòn de DeBolsillo, de tonalidades rojas y amenazantes, un mundo extenuado que perturba al lector con su desfile de cuerpos marginales, miradas contraídas y rostros deshechos.


 Dulle Griet, pintura de Brueghel que ilustra la portada en la ediciòn DeBolsillo

5 comentarios:

Anónimo dijo...

"Auto de fe" es, sin duda, una obra maestra. Cautivadora, casi hipnótica, desde su primera página hasta la última, una de esas escasa obras que cuando la terminas ya estás preguntándote cuándo la volverás a leer porque sabes con absoluta seguridad que tarde o temprano tendrás que volver a esta historia. Un libro imprescindible.
Antonio.

Anónimo dijo...

Es un libro interesante, dificil, con unos dialogos entre los personajes donde cada quien entiende lo que le da la gana. No cualquiera se anima a leer esta obra tan grande.
En el futuro quiero leer mas a Canetti. A mi me gusto.

Sebas23 dijo...

Por favor alguien que me la pueda facilitar en PDF urgente!!! gracias...

Anónimo dijo...

Acabo de terminar Auto de fe, y me ha parecido una obra única. Divertida, atrevida y profunda. ¡Lástima que Canetti no escribiera más novelas!

Cristhian Barragán Pérez dijo...

Sin duda, una verdadera lástima que Canetti no publicara más novelas.