jueves, 27 de noviembre de 2014

LOS LÍMITES DEL CUERPO EN EL CUENTO “LA DOBLE Y ÚNICA MUJER” DEL ESCRITOR PABLO PALACIO






Resumen:
El presente ensayo tiene como objeto realizar una lectura del cuerpo y su inscripción en el discurso de lo marginal, a propósito del personaje central del cuento “La doble y única mujer” del escritor Pablo Palacio. Para el efecto se revisará brevemente la producción artística de Palacio en el contexto literario de su época, se realizará una rápida descripción de los mecanismos literarios que emplea el autor para construir el texto, luego se pasará a analizar la presencia emergente del cuerpo entendido como un espacio políticamente neutro sobre el que se vuelcan diferentes dispositivos y tecnologías de control, tal como señala el filósofo francés Michael Foucault, realizando un cruce con la teoría de la performatividad propuesta por la filósofa norteamericana Judith Butler a fin de plantear en último término la necesidad de una interpretación renovada del canon corporal relacionado con los diferentes personajes que circulan por la literatura ecuatoriana.

Palabras clave: literatura ecuatoriana, vanguardia, realismo social, cuerpo, marginalidad, exclusión, performatividad, lenguaje, bío-poder.

1.      Palacio, el escritor de los márgenes
Durante las primeras décadas del siglo XX la Literatura Ecuatoriana ensaya una rápida transición desde el Modernismo, influenciado principalmente por los escritores franceses Baudelaire, Rimbaud y Verlaine, y cuyos principales representantes en el ámbito local serán los escritores de la denominada Generación de los Decapitados: Medardo Ángel Silva, Ernesto Noboa y Caamaño, Humberto Fierro, y Arturo Borja; hacia una producción literaria fuertemente influenciada por el realismo social y el compromiso político, de la mano de autores como José de la Cuadra, Jorge Icaza y Joaquín Gallegos Lara, cuyo tema central, por su parte, se volcará a narrar las terribles condiciones de vida de los sujetos marginales: indios y montubios, poniendo énfasis en el contexto social y económico en el cual tienen lugar sus variadas existencias.
En efecto, la marginalidad de los cuerpos aparece descrita en obras clave de esta corriente literaria tales como: Los que se van (1933), o Huasipungo (1934), como el compendio de una terrible experiencia vital, cuyo retrato corporal será descrito siempre en relación directa con una profunda necesidad de denuncia y reclamo social.
Es precisamente en medio de ese entorno que aparece el escritor Pablo Palacio (Loja 1906-Quito 1947) con una propuesta de carácter Vanguardista, rompedora con el discurso literario dominante y centrada en ensanchar la matriz discursiva de la literatura ecuatoriana al realizar un acercamiento hacia lo que podríamos llamar los otros productos residuales generados por el poder.
Acostumbrados en la literatura de la época a que la marginalidad tuviera como espacio de conflicto el entorno rural de los personajes, y en menor medida el entorno urbano, la propuesta de Palacio nos sitúa al interior del cuerpo como una plataforma de conflicto en sí misma, una plataforma llena de contradicciones que atenta y pone en entredicho los discursos de normalidad, revelando que sobre ciertos cuerpos limítrofes se precipita toda clase de discursos disciplinarios tendientes a la creación de una infinidad de prácticas articuladas con el poder.
En efecto, los personajes centrales de sus cuentos no serán indios ni montubios, sino personajes urbanos, mestizos, en ocasiones migrantes, de diferentes orígenes sociales, cuyo conflicto principal se centrará en las vicisitudes a las que son empujados bien por sus actividades entendidas en ocasiones como inmorales o ilícitas o bien por la propia deformidad de sus cuerpos.
No cabe duda que buena parte de la obra de Pablo Palacio presenta una singular lectura del imaginario corporal así como de las convenciones sociales que posibilitan, privilegian o castigan tales cuerpos, de tal forma que el cuerpo del homosexual en el cuento Un hombre muerto a puntapiés, es ajusticiado en plena vía pública, el cuerpo del antropófago, en el cuento del mismo nombre, palidece tras las rejas luego de haberse ensañado con las carnes de su hijo, el cuerpo de las siamesas, en el cuento que nos ocupa, se ve sometido a la terrible disyuntiva de vivir en la marginalidad de un poder que ha diseñado un canon de cuerpos privilegiados insertados plenamente en la realidad y otros cuerpos abyectos cuyas trayectorias vitales transcurren bajo la permanente amenaza de la reclusión en el sanatorio o en la cárcel entendidos éstos como espacios de corrección[1].
Situado lejos de la corrección política en una época marcada por la asfixiante presencia del conservadurismo católico, tachado de escritor carente de compromiso por sus colegas cercanos a la obsesiva militancia político-partidista[2], Palacio emerge desde los márgenes para construir un proyecto singularísimo, cuya presencia habrá de ensanchar el espacio desde el que es posible interpretar la realidad, dotando a la literatura ecuatoriana de una nueva plataforma de creación literaria centrada en unos personajes que portarán en sus cuerpos, a manera de conductas reprobables o terribles distorsiones corporales, las marcas del poder.

2.      Lo que nos cuenta Palacio
El cuento La doble y única mujer forma parte del libro Un hombre muerto a puntapiés, publicado por Pablo Palacio en la ciudad de Quito en el año de 1927. El cuento es protagonizado por una pareja de siamesas cuya composición corporal, tal como señala la narradora en primera persona del cuento, es la siguiente: “Mi espalda, mi atrás, es, si nadie se opone, mi pecho de ella. Mi vientre está contrapuesto a mi vientre de ella. Tengo dos cabezas, cuatro brazos, cuatro senos, cuatro piernas, y me han dicho que mis columnas vertebrales, dos hasta la altura de los omóplatos, se unen allí para seguir –robustecida- hasta la región coxígea.[3]
El personaje principal del cuento se autodenomina Yo-Primera, en complemento a su contraparte Yo-Segunda, cuya experiencia transcurre subordinada a la voluntad de su hermana.
Luego de una muy interesante introducción a su peculiar forma de habitar el mundo, La doble y única mujer nos cuenta rápidamente sus orígenes remitiéndonos a unos padres ricos y nobles. La madre, dada a lecturas “perniciosas y generalmente novelescas”, recibe, mientras dura su embarazo, la nefasta visita de un médico quien le da a observar varias estampas surrealistas en las que aparecen cuerpos distorsionados, dislocados y absurdos, lo que impresiona de tal forma a la pobre mujer que su visión devendrá, en último término y en un curioso ejercicio de humor Palaciano, en la concepción de una pareja de siamesas. En una subsiguiente demostración de ironía Palacio, en voz de su personaje, concluye: “No son raros los casos en que los hijos pagan estas inclinaciones de los padres: una señora amiga mía fue madre de un gato”, y cuidadosamente añade: “Ventajosamente procuraré que mis relaciones no sean leídas por señoras que puedan estar en peligro de impresionarse y así estaré segura de no ser nunca causa de una repetición humana de mi caso.
El descarnado humor de Palacio sigue adelante y se ceba esta vez con la terrible experiencia de alumbramiento que tiene la madre (“todo esto se lo he oído a ella misma –dice La doble y única mujer- en unos enormes interrogatorios que la hicieron el médico, el comisario y el obispo, quien naturalmente necesitaba conocer los antecedentes del suceso para poder darle la absolución”), y la impresión de pavor que generó en el médico y en el ayudante la visión de aquel cuerpo duplicado.
Luego de este evento la actitud de la madre raya en una cierta compasión insultante, mientras que el padre encuentra una interesante afición consistente en emprenderla a patadas sobre el cuerpo de nuestro atribulado personaje. Años más tarde la maravillosa estampa familiar se verá amenazada por el interés que demuestra el patriarca en internar a La doble y única mujer en un hospicio. Sin conocer claramente el alcance de aquellas palabras ésta indaga entre los empleados de la casa llegando a enterarse de las torturas y humillaciones que sufren los pacientes recluidos. Esta situación generará la desesperación de La doble y única mujer, quien termina humillándose ante su progenitor con el propósito de que éste se abstenga de materializar su espantosa amenaza. Agobiado por escena el hombre dice en voz alta: “éste demonio va a acabar por matarme”, tras lo cual el sujeto, aficionado también a golpear a su mujer, se suicida produciendo el regocijo de su hija, quien concluye: “no volví a ver a mi más grande enemigo.
Finalmente, hacia los 21 años, La doble y única mujer se separa (se libera) definitivamente de su madre, y beneficiada por una considerable herencia se establece en una casa en donde debe adecuar apropiadamente los espacios para dar cabida a las curiosas necesidades de su cuerpo ensayando modificaciones en sillas, mesas y tocadores. En otro toque de humor, Palacio nos dice que lo que impide a su personaje acudir a otras casas es precisamente la ausencia de éstos muebles. Y sin embargo La doble y única mujer visita muy ocasionalmente el hogar de una amiga en la que conoce a un “caballero alto y bien fornido” cuya inquietante presencia será motivo, previsiblemente, de la más aguda de sus crisis.
En efecto, la presencia del caballero en cuestión genera una rápida escisión en la idea de totalidad que sostiene sobre sí misma La doble y única mujer, quien atisba por primera vez la posibilidad de la existencia de un conflicto entre sus dos mitades, tanto es así que “Mientras Yo-primera hablaba con él me aguijoneaba el deseo de Yo-segunda, y como yo-primera no podía dejarlo, ese placer era un placer a medias con el remordimiento de no haber permitido que hablara con yo-segunda”. Como apunta Palacio, las cosas con aquel hombre no pasaron a más porque simplemente no era posible, no obstante la experiencia profundiza la dualidad de aquel cuerpo ahondando las diferencias que afloran en medio de la insalvable y ahora detestable unicidad.
Ya hacia el final el conflicto irresoluble de ambos cuerpos unidos entre sí parece prolongarse planteando a La doble y única mujer una suerte de duda ontológica respecto de su papel en el mundo. La respuesta parece ser la soledad y el aislamiento. Una última fatalidad del destino se ceba sobre ella al aparecer en sus labios una extraña proliferación de células, de neo-formaciones que la avocan a la angustia y a la profunda y agobiada sensación de rechazo hacia su cuerpo y es en este momento que la narrativa de Palacio se acerca de tal forma a la comprensión del sufrimiento de su personaje que termina diciéndonos:
“Esta dualidad y unicidad al fin van a matarme. Una de mis partes envenena el todo.
(…)Desde que nací he tenido algo especial, he llevado en mi sangre gérmenes nocivos.
…Seguramente debo tener una sola alma… ¿Pero si después de muerta, mi alma va a ser como mi cuerpo…? ¡Cómo quisiera no morir!

3.      Al principio, una cuestión de lenguaje…
“…he sentido una insistente comezón en mis labios de ella…”
Resulta clarificadora la recomendación que vierte La doble y única mujer, personaje central y narradora en primera persona del relato, a los gramáticos y moralistas que lean sus atribuladas vivencias. A todos ellos pide “perdón por todas las incorrecciones que cometeré (…) para los posibles casos en que pueda repetirse el fenómeno, la muletilla de los pronombres personales, la conjugación de los verbos, los adjetivos posesivos y demostrativos, etc. (…) creo que no está de más asimismo, hacer extensiva esta petición a los moralistas en el sentido de que se molesten alargando un poquito su moral y que me cubran y me perdonen el cúmulo de inconveniencias atadas naturalmente a ciertos procedimientos que traen consigo las posiciones características que ocupo entre los seres únicos.”
A diferencia de los escritores del Realismo Social que en un remarcable esfuerzo dan cabida al habla cotidiana de negros, indios y montubios, lleno de “palabras mal pronunciadas, giros errados del lenguaje, sintaxis ingenua”[4], Palacio anticipa la ausencia de un lenguaje que permita interpretar apropiadamente el mundo.
Es precisamente sobre este aspecto que Palacio da un paso más allá al convertir el lenguaje no solo en una incidencia más de la vida cotidiana, sino al plantear que el lenguaje es el ámbito desde el cual se construye e interpreta la realidad. Ahora bien, tras la lectura del texto sabemos que lo que molesta a La doble y única mujer no son las injusticias sociales, sino la incomodidad que le produce el contexto en el que se desarrolla su vida avocándola a la necesidad de crear, aún desde sus propios despojos, un lenguaje cuyos alcances buscan poner en tensión la normalidad patriarcal y conservadora de los años 20´y 30´ del siglo pasado.
Efectivamente, ya en la exploración de su propia identidad, es importante recordar que a lo largo del texto La doble y única mujer, omite cualquier referencia a nombres propios que reemplacen a los ya mencionados Yo primera y Yo segunda, de tal forma que el acto de nombrar un cuerpo entendido como la forma de introducirnos en la realidad social no se da al borde la pila bautismal como quiere la tradición cristiana tan en boga por aquella época, ni por obra de un acto fundacional como sería la imposición de un nombre a cargo de los padres, sino por obra de una creación eminentemente personal y arbitraria que mantiene el carácter difuso de los cuerpos y que nos lleva a considerar al personaje central como producto del interés de Palacio por explorar hasta las últimas consecuencias ese mundo fragmentado y distorsionado que ha creado para sus personajes.
En consecuencia ¿Dónde está el “Yo”, es decir la identidad del personaje? Palacio nos habla de un “Yo-Ella”, indisoluble. Al inicio del cuento, Palacio nos dice en voz de La doble y única mujer: “en un momento dado pudo existir en mí un doble aspecto volitivo”, tras lo cual indica que primó una voluntad, por lo que, en definitiva, “existe dentro de este cuerpo doble un solo motor intelectual que da por resultado una perfecta unicidad en sus actitudes intelectuales”. Luego apunta que “De manera que, al revés de lo que considero que sucede con los demás hombres, siempre tengo yo una comprensión, una recepción doble de los objetos.” Tanto es así que ésta situación revela no sólo el conflicto en el que se encuentra sumido el personaje, sino la permanente necesidad que tiene de (re)nombrar y (re)interpretar el mundo.
Alargando un poco esta idea podríamos incluso plantear que el cuento se constituye abiertamente en una plataforma desde la cual es posible no solo fragmentar el mundo narrando una experiencia vital construida desde la marginalidad, sino, y apelando al estatus ontológico del relato, podríamos concluir que el texto de Palacio se encuentra en el punto en que surge la imperiosa necesidad de proceder a una re-significación completa de la realidad poniendo en conflicto las nociones más básicas que forman parte de la vida cotidiana.

4.      El cuerpo en conflicto que pretende escapar de la totalidad
El personaje o más bien la singular pareja que constituye el doble personaje central del cuento remite a una totalidad venida a menos, resulta imposible evitar una comparación entre La doble y única mujer con el famoso Hombre de Vitrubio de Leonardo Da Vinci, solo que en esta ocasión el ideal renacentista encarnado en lo masculino deviene en la grotesca figura de una mujer de principios del siglo XX, cuya totalidad manifiestamente retorcida anticipa la asimetría de una visión postmoderna del mundo y huye de la concepción totalizadora (y totalitaria) de ciertos discursos políticos extremistas, problematizando la centralidad y la totalidad, anhelando en último término más bien la fractura, la escisión del cuerpo aún a pesar de las cicatrices expuestas, todo en aras de su eventual liberación.
Es precisamente este doble cuerpo femenino, conflictivo en sí mismo, un cuerpo que ha surgido y ha vivido al margen de la normalidad, un cuerpo desplazado de la centralidad de los discursos de poder y avocado en consecuencia a la censura el que, convertido en epítome de la diferencia, plantea una curiosa alteración del mundo, una suerte de torsión del espacio para dar cabida a las necesidades de su cuerpo.
Efectivamente, en medio de su afán de recomponer el mundo, La doble y única mujer adapta su entorno a la peculiar situación que deviene de su cuerpo y nos cuenta cómo el espacio material que la rodea es rediseñado ampliamente. Fuera de su casa, sin embargo las cosas no marchan de la misma forma por lo que el personaje opta finalmente por recluirse. Las escasas ocasiones en que abandona su morada se convertirán en verdaderas encrucijadas vitales tal como veremos más adelante.
A este respecto puede resultar muy interesante el aporte que podemos extraer, para el análisis del presente texto literario, de la teoría de la performatividad propuesta por la filósofa norteamericana Judith Butler, a partir de los trabajos de Michael Foucault y Jacques Derridá. La referida teoría apunta a que todo acto se encuentra precedido por un marco discursivo que demanda de sí precisamente la realización de aquel acto, creando a su alrededor una serie de dispositivos de control que marcan los límites y alcances del mismo, límites tales como normalidad-anormalidad, moralidad-inmoralidad, legalidad-ilegalidad, al respecto Butler señala con relación al género que es la materia central de su tarea filosófica. “Así, dentro del discurso heredado de la metafísica de la sustancia el género resulta ser performativo, es decir que construye la identidad que se supone que es. En este sentido el género siempre es un hacer, aunque no un hacer por parte de un sujeto que se pueda considerar pre-existente a la acción.”[5]
Allí donde leemos género, podemos leer también cuerpo. De esta forma nos resulta fácil comprender la discordancia que resalta al contacto entre una corporeidad conflictiva como es el caso de La doble y única mujer, con un entorno normativo derivado de discursos de corte patriarcal y conservador imperantes en la época y cuyos perversos coletazos experimentamos hasta el día de hoy. Consecuentemente esta situación encuentra su epítome al momento en que el personaje, en medio de la visita a una de sus pocas amigas, experimenta una fuerte atracción hacia un hombre, generando una fuerte confrontación interna. Veamos lo que nos dice Palacio: “Primero, ¿era posible para él sentir deseo de satisfacer mi deseo? Segundo, ¿esperaría que una de mis partes se brindase, o tendría determinada inclinación, que haría inútil la guerra de mis yos?
“Tal vez había un pequeño resquicio, pero ¡era tan poco romántico¡
¡Si se pudiera querer a dos!
Nadie puede quererme, porque me han obligado a cargar con éste mi fardo, mi sombra; me han obligado a cargarme mi duplicación.
En efecto, es precisamente esta totalidad conflictiva y adversa la que nos habla de la posibilidad de la separación como anticipo del quiebre de los discursos totalizantes, de aquellas posturas políticas que pretenden explicar y tornar plausible el mundo a fuerza de reducir la diferencia, y es asimismo esta permanente e irresoluble disputa la que nos permite comprender a Pablo Palacio, muerto él mismo en medio de la locura, como un autor capaz de situarse gracias a su literatura de los márgenes en un ámbito inusitadamente innovador en el panorama de las letras ecuatorianas.

5.      Lo marginal en Pablo Palacio como una clarificadora lectura de la realidad
A manera de conclusión podemos señalar que en medio de las múltiples lecturas a las que nos remite la obra de Pablo Palacio, el análisis de la inquietante presencia de cuerpos limítrofes en su obra, entendidos como superficies cruzadas de manera transversal por las prácticas y discursos del poder, permite una interpretación de su obra capaz de aportar nuevas posibilidades al análisis de la construcción del canon corporal que cruza la realidad ecuatoriana durante la primera mitad del siglo XX.
En efecto, es importante enfatizar que el realismo social contribuyó de manera encomiable a la descripción de una realidad lacerante y aportó con ello un extraordinario material para el análisis de las relaciones de poder en el contexto de una interpretación cercana al materialismo histórico. Sin embargo ha quedado pendiente un exhaustivo análisis de los mecanismos performativos que cumplen con una pasmosa eficacia una labor de clasificación de los cuerpos, creando una centralidad y una marginalidad de seres cuyas trayectorias vitales no deben ceñirse únicamente al análisis de clases.
Ya para terminar, es necesario señalar que lo importante en la literatura de Pablo Palacio, a diferencia del realismo social cuya preeminencia en la literatura nacional condena, en un nefasto ejercicio de omisión, a nuestro autor durante largos años al olvido, es remarcar que en sus páginas no se adivina un mundo perfecto al que llegar después de una suma de tribulaciones (una suerte de paraíso de los trabajadores), ni un camino definitivo y único (la lucha de clases, la militancia política o los métodos revolucionarios) sino, por el contrario, un permanente devenir de eventos cuyo ritmo cotidiano estará marcado por un poder evanescente que se hace presente (se hace carne) en todas las facetas de la existencia y cuya extraordinaria plasticidad marcará la vida de una serie de cuerpos cuyos gestos más significativos irán encaminados a generar micro-subversiones, micro-rupturas de ese tejido casi inasible de prácticas y dispositivos de control.
Y es precisamente la brevedad de la vida del propio Pablo Palacio, quien fallece internado en un sanatorio mental con poco más de cuarenta años cumplidos, después de crear una obra a todas luces innovadora dentro de la narrativa de la época, lo que nos revela la contingencia y la fragilidad del propio individuo, así como su extraordinaria participación y responsabilidad en la construcción del relato entendido no solo como un ejercicio estético, sino como un complejo retrato de la realidad y el mundo.
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BIBLIOGRAFÍA


Butler, J. (1990). El género en disputa. México: Paidós.
De la Cuadra, J. (1990). Doce Relatos, Los Sangurimas. En J. De la Cuadra, Cuento: Banda de Pueblo. Quito: Libresa.
Focuault, M. (1998). Vigilar y Castigar. Madrid: Siglo XXI Editores.
Palacio, P. (1985). Obras Completas. Quito-Ecuador: Círculo de Lectores.
Palacio, P. (s.f.). Un hombre muerto a puntapiés.
Robles, H. (1980). Pablo Palacio: El anhelo insatisfecho. Cahiers du monde hispanique et luso-brésilien, 141-156.



[1] (Focuault, 1998)
[2] Imposible omitir el alegato a favor de la corrección ideológica que le lanza el también escritor Joaquín Gallegos Lara, ícono del realismo social, quien a propósito de la novela de Palacio La vida del ahorcado, dice: “Al pretender negar el realismo social ¿…acaso no está pretendiendo negar que la literatura sea (…) un arma contra la explotación y a favor de la sociedad que creará una sociedad sin clases? (…) tiene un concepto mezquino, clownesco, desorientado de la vida, propio en general de las clases medias…”
(Robles, 1980).
[3] (Palacio, Obras Completas, 1985)
[4] (De la Cuadra, 1990)
[5] (Butler, 1990)

jueves, 21 de agosto de 2014

SOSTIENE PEREIRA, de ANTONIO TABUCCHI

La Portada en español de la novela y su autor el ya fallecido Antonio Tabucchi

Escrito a manera de un alegato contra el totalitarismo en el que un modesto periodista portugués ya entrado en años, sostiene, como si ante él se hubiera constituido un tribunal que demanda su versión de ciertos hechos ocurridos en Lisboa en el verano de 1938, que más allá del temor al poder omnímodo debe persistir en  todo momento la práctica de los valores que nos comprometen con la libertad.

Sucede que a Pereira, el afable periodista en cuestión, quien debido a sus problemas de salud pasa sucesivamente de reposar en una termas a recibir atenciones en una clínica talasoterápica, le han encargado la confección del predeciblemente inoficioso suplemento cultural del periódico El Lisboa en el que por decisión de su Director, acólito del dictador nacionalista Olivera Salazar, deberán publicarse, en lugar de las efemérides de escritores ilustres y traducciones de cuentos franceses del siglo XIX como pretende el protagonista, la obra de poetas de la patria en una época                       –concluye el Director- en la que todos necesitan de patriotismo. La única compañía de Pereira durante aquellos aciagos años parece ser el retrato de su esposa tomado durante un antiguo viaje a Madrid, y la sombra del hijo que nunca tuvieron y que encarna el estudiante de filosofía Francesco Monteiro Rossi, quien ha escrito, un año antes de la segunda guerra mundial, una tesis sobre la muerte.

Pero resulta que la locura de aquella época, en la que un joven estudiante de filosofía lleno de una vitalidad encomiable escribe una tesis sobre la muerte, y en la que un ingenuo periodista deviene en cómplice necesario de la libertad, parece encaminar a todos los protagonistas de la novela, como si los tomara inadvertidamente de la mano, hacia la tragedia.

Toda Europa apesta a muerte,  sostiene Pereira. No en vano la novela está ambientada a mediados de 1938, en una Lisboa sumida en el calor asfixiante del verano, mientras que a pocas decenas de kilómetros se desarrolla en España la guerra civil cuyos coletazos irrumpen con fuerza en la trama personificados en el primo de Monteiro Rossi quien visita el país lusitano en busca de colaboradores que deseen sumarse al bando republicano que combate contra Franco. Predeciblemente el primo es apresado por los Salazaristas lo que precipita el destino del joven estudiante de filosofía.

Pero, detengámonos un momento, en el ínterin de la novela se van sumando pequeños hechos clarificadores que permiten a Pereira, de naturaleza desprevenida e indiferente, acercarse a la actitud política que encarna el propio Monteiro Rossi y su novia Marta, y que empiezan con actos pequeños y aislados como el ataque a una carnicería judía o la muerte a balazos de un vendedor ambulante de ideología socialista a manos de la Guardia Nacional Republicana, luego el cerco se va cerrando con la instalación de una centralita telefónica que permite a la portera del inmueble en el que Pereira ha montado su pequeña oficina, enterarse de todas las llamadas y mensajes que llegan a la Sección de Cultura del Periódico El Lisboa. En efecto, cuando las personas que nos rodean, cuando aquellos seres de nuestro entorno cotidiano como aquella portera se convierten en cómplices de los represores, ¿a dónde acudir? ¿en quién confiar? 

Y sin embargo la labor periodística de Pereira, que siempre está algo cansado y agitado, y que no para de alimentarse de omelettes a las finas hierbas, continúa. Luego de un viaje en tren en el que conoce a una bella y frágil mujer de origen portugués y nacionalidad alemana llamada Ingeborg Delgado, sutil e inteligente lectora de Thomas Mann, quien refiere la censura y brutalidad que se extiende por la Alemania de Hitler, decide jugárselas y publicar, aún en contra de la opinión del Director, traducciones de escritores franceses, precisamente de aquellos escritores sobre los cuales menciona un siniestro sicario, cuyo paso por la novela será decisivo, y haciendo gala del lenguaje que emplean los torturadores y los extremistas, uno debería mearse encima después de muertos.

En efecto, en un memorable juego literario propuesto por Tabucchi, Pereira encargará a Monteiro Rossi la escritura de las notas necrológicas “anticipadas de grandes escritores que pueden morir de un momento a otro”, y cuyo primer trabajo el joven de ascendencia italiana lo vuelca en el homenaje al poeta García Lorca, simpatizante del bando republicano español y asesinado un año antes por los nacionalistas. Luego se suceden numerosos trabajos cargados de tinte ideológico que el propio Pereira juzga no apropiados para su publicación temeroso de los que pueda decir la censura.

Marcelo Mastroianni como protagonista de la versión fílmica de la obra

Es poco después, luego de una prolongada desaparición en la clandestinidad de Monteiro Rossi, que los destinos se cruzan de manera definitiva. Una vez detenido aquel primo, el porvenir del joven estudiante de Filosofía se verá seriamente comprometido. Es entonces cuando los sicarios salen de las sombras. No es necesario narrar la violencia que se ceba sobre el joven muchacho, también Tabucchi prescinde del relato explícito de aquellos eventos, en cambio y con algo de serenidad, nos muestra lo que queda de un cuerpo vencido por el poder.  A esas alturas la lectura del texto nos descubre pasmados que aquello que sostiene Pereira durante las casi doscientas páginas de la novela y por lo cual ha sido interpelado minuciosamente, permitiendo a Tabucchi construir una obra concisa y magnífica, no es otra cosa que la descripción cotidiana del poder cuando pierde el sentido de la realidad e invade la vida de las personas. Pero al mismo tiempo descubrimos que el tribunal que interpela a Pereira no es otro que el que surge de la consciencia del propio Tabucchi y por extensión el que surge de su generación entera, de aquellos que nacieron cuando en Europa sonaban los últimos obuses cruzando el cielo, una generación que sigue mirando con asombro al pasado y que, al igual que las subsiguientes, no deja de preguntarse ¿cómo fue posible semejante locura?


Al final el propio Pereira comprende la magnitud de lo que se avecina, de la locura que está por devorar Europa entera y que ya ha dado sus primeros pasos sumiendo a España en un furiosa guerra civil de la cual saldrá victorioso el Generalísimo Franco, y decide en un gesto desesperado publicar todos los detalles de la muerte de su joven pupilo en las páginas del suplemento cultural valiéndose de una treta que le ayuda a vencer la censura. Después de ello no le queda otra alternativa que escapar, no se olvide que estamos en 1938 y que aún queda por delante un año de guerra civil española y seis años de guerra mundial, ¿...pero escapar a dónde? Tabucchi lo abandona allí, el momento en que valiéndose de un pasaporte falso, Pereira toma la decisión, con el retrato de su esposa en las manos, de huir hacia un lugar impreciso, porque la vida en medio de la locura del totalitarismo es así, adversa, tensa, delirante, y sin embargo Pereira se va dándonos una lección que se podría resumir, sostiene Tabucchi, en la imperiosa necesidad de adoptar frente a cualquier manifestación del poder omnímodo, una postura comprometida, aún más allá de todas las adversidades, aún a pesar de la soledad, del temor o de la sinrazón de las amenazas y las presiones. 


Estoy leyendo: Abril Rojo, de Santiago Roncagliolo.

viernes, 25 de octubre de 2013

Leonardo Valencia y su Laboratorio de Escritura


El escritor ecuatoriano Leonardo Valencia

Nada mejor que volver al blog haciendo referencia al trabajo de Leonardo Valencia, uno de los escritores ecutorianos de mayor proyecciòn internacional. A su celebrado tomo de relatos "La Luna Nómada" publicado en Perú en el año de 1995, y reeditado, entre otros, por Alfaguara en el 2011, con la inclusión de nuevos textos, y a la ediciòn en España y Ecuador, gracias a las editoriales Funambulista y Paradiso, respectivamente, de las novelas "El libro flotante de Caytran Dolphin" y "Kazbek", ahora hay que añadir su labor en el Laboratorio de Escritura, un proyecto literario que rápidamente ha llamado la tención de críticos y especialistas.


Lo cierto es que el Laboratorio de escritura tiene algunos años y ahora mismo ofrece cursos presenciales en la ciudad de Barcelona, o cursos virtuales que se pueden seguir desde cualquier parte del mundo. Una de las muchas peculiaridades del Laboratorio de Escritura, además de la muy interesante oferta de cursos como: narrativa, novela y poesía, radica en que gracias al nutrido grupo de profesores, los cursos se pueden seguir tanto en Castellano, Inglés e incluso en Catalán. Todo esto y más lo reseña de forma magnífica el artículo que le dedica el Diario El Comercio y que se puede leer dando click en este enlace.

Hay que estar pendientes de todo lo que hace el escritor ecuatoriano, afincado desde hace años en la Península Ibérica, y que sobre la paciente labor de escritura de una novela es capaz de decir en un artículo publicado por el diario El Universo, cosas tan acertadas como ésta:
"Consideren que el premio mayor es terminar esa novela sin prisa, cuidando hasta la última coma, sin correr por la fecha de entrega, demorándose en trazar un mundo y pulirlo como una esfera. Que donde gana una novela es en acumular tiempo, porque el tiempo es inherente a su configuración y a sus múltiples resonancias. Toda gran novela es una máquina de precisión que se activa en el momento que un lector, por azar, por descuido, incluso desconociendo al autor, abre cualquier página y, con premio o sin él, cae en una línea, en un diálogo, en una descripción, y empieza esa conversación que salta fronteras."

A los que nos encontramos a la distancia no nos queda otra que estar atentos a la inicio de los nuevos cursos virtuales, programados para los primeros meses del 2014.
 

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Estoy leyendo: "El Danubio" de Claudio Magris


domingo, 23 de septiembre de 2012

Rincones Literarios en la Revista "Laberintus" de Argentina



Les dejo el link en facebook de la Revista Laberintus publicada en Argentina, en la que se recoge artículos, cuentos, ensayos, poesía, etc, etc, que en su número 6 ha tenido la gentileza de publicar mi artículo "Para una literatura queer" que ya apareciera en la Revista Equidad.

Un saludo a Marina Díez de los Rios y a todos quienes están a cargo de la publicación.


Haz click aquí para leer la Revista Laberintus.

Y haz click aquí para leer el artículo completo.

miércoles, 1 de febrero de 2012

La muerte de Wislawa Szymborska

Wislawa Szymborska

Al inicio de Austerlitz, la obra cumbre de W.G. Sebald, se puede contemplar la mirada de dos escritores, uno de ellos Borges, se trata según cuenta el escritor alemán de "esa mirada fijamente penetrante que se encuentra en algunos pintores y filósofos que por medio de la contemplación o del pensamiento puros, tratan de penetrar la oscuridad que nos rodea". Algo parecido puede decirse de la poeta Wislawa Szymborska que ha fallecido hoy en Cracovia. Ganadora del premio Nobel de 1996, sus poemas breves y cotidianos a veces simplemente duros aportan una maravillosa y evanescente luz a los sucesos más dolorosos: "La bomba explotará en el bar a las trece veinte. / Ahora apenas son las trece y dieciséis. / Algunos todavía tendrán tiempo de salir. / Otros de entrar...", dice de los momentos previos a un atendado terrorista. Sin embargo su faceta más lúdica y casi juguetona se nos descubre en sus maravillosos collages, elaborados con la superposición de imágenes y que sacudiéndose del corsé poético se sobreponen a la ausencia de palabras.


 La Menina de Velázquez en paisaje con ovejas, collage de Wislawa Szymborska 

Murió en casa, mientras dormía, ha dicho su secretario personal, aunque Szymborska quizá lo habría expresado de una manera diferente, acudiendo a sus composiciones visuales configurando con sus dedos nudosos un collage tan personal e irónico que su pura luminosidad, quizá tan sólo para reírse de nosotros, nos habría hablado de lo mágico que puede llegar a ser una vida, incluso una vida tan discreta y cálida como la suya.

Las frágiles manos de Wislawa Szymborska sosteniendo una copa.

Sigo leyendo: La Torre de Uwe Tellkamp

domingo, 1 de enero de 2012

LIBERTAD, de Jonathan Franzen

Portada de Libertad, cuarto libro de Jonathan Franzen

La trama de Libertad, último libro de Jonathan Franzen, puede resumirse en el peculiar amor a tres bandas que sostienen durante décadas el matrimonio de los Berglund y el excéntrico músico Richard Katz. En el ínterin se percibe todo aquello que es materia del proverbial orgullo estadounidense de finales del siglo XX y principios del siglo XXI: democracia, clase media, autocomplacencia y desdén por la suerte del resto del mundo. El punto de inflexión, sin embargo, es un evento que cambiará para siempre las coordenadas de la historia, el atentado del 11 S.
A pesar de ello Libertad no aborda directamente el tema de los ataques del 2001, sino que retrata la sociedad que se configura antes del suceso y particularmente aquella que emerge después, poniendo énfasis en consecuencias como la polarización política y los extremismos, que introducirán en la cotidianidad de la sociedad norteamericana conceptos tan ambiguos como choque de civilizaciones, liberación del pueblo iraquí  y guerra contra el terrorismo.
La intención de Franzen es clara: narrar el mundo desde la posición de la familia blanca y acomodada, cuyas permisividades economicas harían palidecer de indignación al resto de los mortales. El resultado es curioso y a pesar de lo restrictivo del punto de mira, las páginas de Libertad resultan de lo mejor que se ha escrito a lo largo de esta década. El mundo entero cabe en la vida de Patty y Walter Berglund, de sus hijos Joey y Jessica, del músico Richard Katz –quien contraerá breves nupcias con una ecuatoriana de nombre Ellie Posada– y del variado entorno urbano y suburbano que los rodea, y que alberga por igual a supremacistas blancos, jóvenes progresistas, adinerados profesionales, fervientes defensores y opositores de la corrección política.
Es así como vamos desentrañando el carácter tímido y apocado de Patty Berglund, quien dedica su adolescencia entera a la práctica del baloncesto, hasta que una lesión la aparta de la misma. La violación que sufre a manos de un compañero y cuya denuncia será motivo de conflicto entre ella y sus padres, socios de la familia del agresor, delinea su carácter. El frustrado viaje que emprende junto a Richard Katz y del que emerge la relación con Walter, se convertirá en un hilo narrativo suelto que Franzen retomará cientos de páginas después para cerrar el círculo.
Walter Berglund, joven progresista, empeñado en resolver el problema de la superpoblación, cuyas resonancias malthusianas lo colocan siempre al borde de la incorrección política, sufre una constante mutación y dedicará su madurez a la paradójica fórmula de buscar apoyo para la preservación de una pequeña ave llamada la reinita cerúlea -que ilustra la portada de la novela-, mientras negocia la explotación minera a cielo abierto de millares de hectáreas.
Con Richard Katz nos encontramos, en cambio, frente a frente con el fetichismo roquero –guitarras eléctricas, anfetaminas, chompas de cuero-, es en su carne que se hace patente el doloroso proceso de relevo generacional y decadencia asociada a los productos de consumo masivo. Los constantes reveses, las idas y vueltas, los vacíos existenciales que atraviesa lo convierten en un ser escasamente confiable y lleno de arrebatos.
 Por las paginas de Libertad pululan varios de los arquetipos de la sociedad estadounidense: los jóvenes rubios que pasean por el mundo subidos a sus chancletas, las tarjetas de crédito, las corporaciones, los contratos millonarios, todo forma parte de este magnífico libro que parece haber esperado su momento –la era Obama- para pasar revista al pasado más inmediato.
Con Libertad Franzen, figura del Hay Festival de Cartagena, ha querido introducirse en la tradición de los escritores que buscan narrar de una vez por todas la gran novela norteamericana, y que abarca dos siglos en la historia de la literatura, iniciando con Moby Dick y que en décadas más recientes cuenta con verdaderos pesos pesados de la literatura, a saber, Saul Bellow, John Updike, Philip Roth, Toni Morrison. En esta obra Franzen bebe de las fuentes de las novelas decimonónicas del siglo XIX, en particular de Guerra y Paz, -que es citada varias veces mientras Patty Berglund se empeña en apurar su lectura justo antes de irse a la cama con Richard Katz-, para recrear un universo de eventos y personajes complejos, interrelacionados y caracterizados en una infinidad de detalles.

Franzen, como portada de Time, espacio que han ocupado escritores como Joyce, Nabokov o Toni Morrison

La palabra Libertad, el singular título de la obra, en la pluma de Franzen no deviene falazmente en un ideal, no es una conquista, es por el contrario la metáfora perfecta de una forma de vida compleja, enrevesada, ni buena ni mala, que está allí mismo y que debe pasar por el tamiz de la EXPERIENCIA LITERARIA para alcanzar el grado de comprensión que demanda cualquier acto humano.
La lectura es vertiginosa, escrita de forma compacta, con pasajes verdaderamente admirables –particularmente aquellos que hablan del encuentro de los personajes con su propia sexualidad-, Libertad sitúa a Franzen al frente de una magnífica generación de escritores norteamericanos, entre los que se encuentran el malogrado David Foster Wallace o Jeffrey Eugenides, herederos a su vez de autores de la talla de Tom de Lillo o de los citados Roth y Updike. En lo que refiere al capítulo de las críticas, Franzen ha despertado con su novela grandes simpatías y enormes ventas, pero también se ha hecho acreedor de encomiados enemigos, como el renombrado John Banville, autor de El Mar, novela que obtuvo el premio Booker del año 2008, quien en una entrevista se muestra marcadamente contrario al estilo Franzen y compara su obra con el papel para envolver los famosos bocaditos de comida rápida. 
Como sea, tanto por las posturas favorables como por las desfavorables, por los nombres que se alinean a un lado y al otro, no cabe duda que con este libro parece estar cocinándose algo importante en la literatura.
Hacia el final el texto se asoma a las puertas de la crisis económica, episodio que apenas deja entrever sus devastadoras consecuencias y que viene a ser, en tanto que contexto histórico de la publicación de la novela, una suerte de colofón redondo y perfecto de la época escogida por Franzen para insuflar de vida a sus personajes. No cabe duda que el mundo cambió a partir del 11 S y que lo hará en lo sucesivo, pero ese es un capítulo diferente, por lo que respecta al período que va desde los setenta hasta el primer año del gobierno de Obama, no cabe duda que Franzen ha logrado con Libertad un fresco barroco, totalizador y envolvente que nos acerca a la comprensión de una forma de vida, de una perspectiva del mundo -alguien se aventuraria a decir una weltanschauung- que excede con mucho los tópicos que se tienen de la sociedad estadounidense y que apuesta por narrar en palabras mayúsculas los avatares de la vida contemporánea.

Jonathan Franzen en su residencia de Nueva York

Dossier Franzen

Libertad, de Jonathan Franzen, Editado por Salamandra, 667 págs., puede encontrarse en Mr. Books, Librimundi o Libro Express, por 24,99 usd.


Estoy leyendo: La Torre, de Uwe Tellkamp

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Michel Houellebecq, El mapa y el territorio

  Houellebecq y la potada de El mapa y el territorio

La trágica muerte de Michel Houellebecq, degollado junto a su perro, no parece conmover demasiadas sensibilidades y la vida del pintor Jed Martin -protagonista de la novela- continúa sin más alteraciones hasta que la policía empieza a frecuentarlo para recabar su versión de los hechos. Previo a su deceso, el escritor francés ha optado por una suerte de retiro monacal en el que apabullado por la depresión y la soledad, rodeado de libros y escribiendo -a pesar de todo esribiendo-, participa en la elaboración del catálogo de la peculiar obra de su alter ego pictórico.

Así es El mapa y el territorio de Michel Houellebecq, una superposición de elementos reales y ficticios que alternan entre sí sobre una superficie tambaleante, acuosa. Así es también, sin más, la vida cotidiana que acorde a su talante desenfadado el autor de Plataforma y Las Partículas Elementales, propone a sus infortunados personajes y hace extensiva a su legión de lectores. En su nueva novela, acreedora del Premio Goncourt, nos presenta una obra en la que pasa revista a la Francia contemporánea a partir de las exploraciones visuales que realiza el ya citado Martin cuyo único asidero en este mundo son las nada envidiables cenas navideñas que comparte con su padre, un afamado arquitecto. Lo que sucede después, el salto al éxito, un par de tórridas aventuras, el comercio millonario de obras artísticas, nos permite recorrer los pasillos de la visión fatalista y pragmática que ya es marca de la casa.

En efecto, Houellebecq se mueve con ligereza cuando se trata de explorar zonas densas y propone una disección de la vida contemporánea que suele acabar de las formas más insospechadas. En todo ello, hay que mencionarlo, la ironía juega un papel relevante, aunque en esta ocasión parece hacerlo dentro del terreno de la corrección política y no ofrece pábulo a mayores polémicas. Es así que el mundo del arte y sus infinitas muestras e instalaciones que pululan sin cesar por salas y galerías se desnuda en manos del escritor francés y nos muestra su lado menos conmovedor y más comercial.

De ello cabe inferir que no es anecdótico, sino más bien simbólico, el asombro que siente el protagonista, cuando en la presentación de su obra observa a numerosos desconocidos cruzando palabras ante sus cuadros y fotografías, mientras que él mismo, siguiendo a pies juntillas las indicaciones de la directora de comunicación de la galería -una mujer de gafas gruesas y aspecto de lesbiana intelectual, apunta desdeñoso Houellebecq-, es forzado a mantenerse en el más odioso de los silencios. Su obra no le pertenece, ha mudado de corteza aún antes de cambiar de manos y son los especialistas, los curadores, quienes tienen la última palabra.

El título no deja lugar a dudas, es la posibilidad de la representación, de la mutación que sufren los objetos en tanto que motivo de estudio, -el mapa reinventa el territorio- la que actúa en el centro de la obsesión de Jed Martin y le provee sus numerosos éxitos. Primero se trata de una serie de fotografías sobre pernos, llaves y tuercas, luego, empleando el mismo lente de la cámara, una exposición alrededor de los mapas y las guias Michelin -aquellas que distinguen a restaurantes y establecimientos con las famosas y ansiadas estrellitas-, luego los numerosos cuadros hiperealistas de personalidades como Steve Jobs y Bill Gates. Es, no obstante, hacia el final de su vida, y del libro, que Martin formula una brevísima e interesante forma de abstracción artística, al valerse de numerosas bandas video -como las llama- para crear amplios planos en cuya exposición los "objetos industriales parecen ahogarse, gradualmente sumergidos por la proliferación de capas vegetales...
...A veces dan la impresión de debatirse, de que intentan volver a la superficie; después los arrastra una ola de hierbas y hojas, se hunden en el magma vegetal, al mismo tiempo que su superficie los disgrega y revela los microprocesadores, las baterías, las tarjetas de memoria..."


Hoeullebecq se muestra feliz encarnando el infaltable papel de enfant terrible de las letras francesas

En la obra de Houellebecq el mundo se muestra descompuesto, fracturado, adverso, arrasado por numerosas crisis. Y es desde la perspectiva de la voz narrativa -situada varios años en el futuro- que todo parece despeñarse en el abismo o rehacerse al último minuto. Finalmente los objetos, las instituciones, todo -excepto los ínfimos proyectos vitales de los habitantes de este planeta-, permanece y avanza en un curioso devenir circular.

Houellebecq juega a dos bandas con la idea de su propia muerte, primero planteando el escabroso asesinato de su avatar literario y luego imponiendo a Jed Martin un destino laxo y reposado, -que puestos a hablar en serio parece más el final apropiado de un escritor tan misántropo como lo es él mismo-. Y desarrolla a partir de ello una de los temas más relevantes de su literatura, el de que toda vida encierra en sí misma una oportunidad -y una sola- de interpretar y habitar el mundo. Nada invalida una existencia, ni el hedonismo, ni la saciedad, ni la depresión, ni la violencia, ya que después de ello simplemente no existe nada.

La suya, sobre todo en este libro, es una literatura utilitaria, nada barroca ni preciosista, y durará seguramente lo que dure el mismo Houellebecq, quien con sus aspavientos y polémicas es el vehículo más apropiado para la puesta en movimiento de los engranajes editoriales -no olvidemos que durante semanas, justo después de la publicación del texto, el mismo autor anduvo desaparecido, sin dar señales de vida, en el preciso instante en el que empezaban a difundirse detalles de su obra y se conocía poco a poco, y a veces entre nerviosas sonrisitas, la terrible muerte de su personaje-. Houellebecq lo ha hecho de nuevo, ha ampliado la legión de sus fervientes seguidores y ha obtenido a la par enormes ganancias, tal como le sucede a Jed Martin con sus cuadros, otorgando con ello y con su imprescindible aura de enfant terrible, una sólida e inapelable victoria al pragmatismo que nos invade.


El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq, Ed. Anagrama, 377 págs. Puedes encontrarlo en Mr. Books del Quicentro por 34,40 usd.

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Resumen: El presente ensayo tiene como objeto realizar una lectura del cuerpo y su inscripción en el discurso de lo marginal, a...