jueves, 27 de noviembre de 2014

LOS LÍMITES DEL CUERPO EN EL CUENTO “LA DOBLE Y ÚNICA MUJER” DEL ESCRITOR PABLO PALACIO






Resumen:
El presente ensayo tiene como objeto realizar una lectura del cuerpo y su inscripción en el discurso de lo marginal, a propósito del personaje central del cuento “La doble y única mujer” del escritor Pablo Palacio. Para el efecto se revisará brevemente la producción artística de Palacio en el contexto literario de su época, se realizará una rápida descripción de los mecanismos literarios que emplea el autor para construir el texto, luego se pasará a analizar la presencia emergente del cuerpo entendido como un espacio políticamente neutro sobre el que se vuelcan diferentes dispositivos y tecnologías de control, tal como señala el filósofo francés Michael Foucault, realizando un cruce con la teoría de la performatividad propuesta por la filósofa norteamericana Judith Butler a fin de plantear en último término la necesidad de una interpretación renovada del canon corporal relacionado con los diferentes personajes que circulan por la literatura ecuatoriana.

Palabras clave: literatura ecuatoriana, vanguardia, realismo social, cuerpo, marginalidad, exclusión, performatividad, lenguaje, bío-poder.

1.      Palacio, el escritor de los márgenes
Durante las primeras décadas del siglo XX la Literatura Ecuatoriana ensaya una rápida transición desde el Modernismo, influenciado principalmente por los escritores franceses Baudelaire, Rimbaud y Verlaine, y cuyos principales representantes en el ámbito local serán los escritores de la denominada Generación de los Decapitados: Medardo Ángel Silva, Ernesto Noboa y Caamaño, Humberto Fierro, y Arturo Borja; hacia una producción literaria fuertemente influenciada por el realismo social y el compromiso político, de la mano de autores como José de la Cuadra, Jorge Icaza y Joaquín Gallegos Lara, cuyo tema central, por su parte, se volcará a narrar las terribles condiciones de vida de los sujetos marginales: indios y montubios, poniendo énfasis en el contexto social y económico en el cual tienen lugar sus variadas existencias.
En efecto, la marginalidad de los cuerpos aparece descrita en obras clave de esta corriente literaria tales como: Los que se van (1933), o Huasipungo (1934), como el compendio de una terrible experiencia vital, cuyo retrato corporal será descrito siempre en relación directa con una profunda necesidad de denuncia y reclamo social.
Es precisamente en medio de ese entorno que aparece el escritor Pablo Palacio (Loja 1906-Quito 1947) con una propuesta de carácter Vanguardista, rompedora con el discurso literario dominante y centrada en ensanchar la matriz discursiva de la literatura ecuatoriana al realizar un acercamiento hacia lo que podríamos llamar los otros productos residuales generados por el poder.
Acostumbrados en la literatura de la época a que la marginalidad tuviera como espacio de conflicto el entorno rural de los personajes, y en menor medida el entorno urbano, la propuesta de Palacio nos sitúa al interior del cuerpo como una plataforma de conflicto en sí misma, una plataforma llena de contradicciones que atenta y pone en entredicho los discursos de normalidad, revelando que sobre ciertos cuerpos limítrofes se precipita toda clase de discursos disciplinarios tendientes a la creación de una infinidad de prácticas articuladas con el poder.
En efecto, los personajes centrales de sus cuentos no serán indios ni montubios, sino personajes urbanos, mestizos, en ocasiones migrantes, de diferentes orígenes sociales, cuyo conflicto principal se centrará en las vicisitudes a las que son empujados bien por sus actividades entendidas en ocasiones como inmorales o ilícitas o bien por la propia deformidad de sus cuerpos.
No cabe duda que buena parte de la obra de Pablo Palacio presenta una singular lectura del imaginario corporal así como de las convenciones sociales que posibilitan, privilegian o castigan tales cuerpos, de tal forma que el cuerpo del homosexual en el cuento Un hombre muerto a puntapiés, es ajusticiado en plena vía pública, el cuerpo del antropófago, en el cuento del mismo nombre, palidece tras las rejas luego de haberse ensañado con las carnes de su hijo, el cuerpo de las siamesas, en el cuento que nos ocupa, se ve sometido a la terrible disyuntiva de vivir en la marginalidad de un poder que ha diseñado un canon de cuerpos privilegiados insertados plenamente en la realidad y otros cuerpos abyectos cuyas trayectorias vitales transcurren bajo la permanente amenaza de la reclusión en el sanatorio o en la cárcel entendidos éstos como espacios de corrección[1].
Situado lejos de la corrección política en una época marcada por la asfixiante presencia del conservadurismo católico, tachado de escritor carente de compromiso por sus colegas cercanos a la obsesiva militancia político-partidista[2], Palacio emerge desde los márgenes para construir un proyecto singularísimo, cuya presencia habrá de ensanchar el espacio desde el que es posible interpretar la realidad, dotando a la literatura ecuatoriana de una nueva plataforma de creación literaria centrada en unos personajes que portarán en sus cuerpos, a manera de conductas reprobables o terribles distorsiones corporales, las marcas del poder.

2.      Lo que nos cuenta Palacio
El cuento La doble y única mujer forma parte del libro Un hombre muerto a puntapiés, publicado por Pablo Palacio en la ciudad de Quito en el año de 1927. El cuento es protagonizado por una pareja de siamesas cuya composición corporal, tal como señala la narradora en primera persona del cuento, es la siguiente: “Mi espalda, mi atrás, es, si nadie se opone, mi pecho de ella. Mi vientre está contrapuesto a mi vientre de ella. Tengo dos cabezas, cuatro brazos, cuatro senos, cuatro piernas, y me han dicho que mis columnas vertebrales, dos hasta la altura de los omóplatos, se unen allí para seguir –robustecida- hasta la región coxígea.[3]
El personaje principal del cuento se autodenomina Yo-Primera, en complemento a su contraparte Yo-Segunda, cuya experiencia transcurre subordinada a la voluntad de su hermana.
Luego de una muy interesante introducción a su peculiar forma de habitar el mundo, La doble y única mujer nos cuenta rápidamente sus orígenes remitiéndonos a unos padres ricos y nobles. La madre, dada a lecturas “perniciosas y generalmente novelescas”, recibe, mientras dura su embarazo, la nefasta visita de un médico quien le da a observar varias estampas surrealistas en las que aparecen cuerpos distorsionados, dislocados y absurdos, lo que impresiona de tal forma a la pobre mujer que su visión devendrá, en último término y en un curioso ejercicio de humor Palaciano, en la concepción de una pareja de siamesas. En una subsiguiente demostración de ironía Palacio, en voz de su personaje, concluye: “No son raros los casos en que los hijos pagan estas inclinaciones de los padres: una señora amiga mía fue madre de un gato”, y cuidadosamente añade: “Ventajosamente procuraré que mis relaciones no sean leídas por señoras que puedan estar en peligro de impresionarse y así estaré segura de no ser nunca causa de una repetición humana de mi caso.
El descarnado humor de Palacio sigue adelante y se ceba esta vez con la terrible experiencia de alumbramiento que tiene la madre (“todo esto se lo he oído a ella misma –dice La doble y única mujer- en unos enormes interrogatorios que la hicieron el médico, el comisario y el obispo, quien naturalmente necesitaba conocer los antecedentes del suceso para poder darle la absolución”), y la impresión de pavor que generó en el médico y en el ayudante la visión de aquel cuerpo duplicado.
Luego de este evento la actitud de la madre raya en una cierta compasión insultante, mientras que el padre encuentra una interesante afición consistente en emprenderla a patadas sobre el cuerpo de nuestro atribulado personaje. Años más tarde la maravillosa estampa familiar se verá amenazada por el interés que demuestra el patriarca en internar a La doble y única mujer en un hospicio. Sin conocer claramente el alcance de aquellas palabras ésta indaga entre los empleados de la casa llegando a enterarse de las torturas y humillaciones que sufren los pacientes recluidos. Esta situación generará la desesperación de La doble y única mujer, quien termina humillándose ante su progenitor con el propósito de que éste se abstenga de materializar su espantosa amenaza. Agobiado por escena el hombre dice en voz alta: “éste demonio va a acabar por matarme”, tras lo cual el sujeto, aficionado también a golpear a su mujer, se suicida produciendo el regocijo de su hija, quien concluye: “no volví a ver a mi más grande enemigo.
Finalmente, hacia los 21 años, La doble y única mujer se separa (se libera) definitivamente de su madre, y beneficiada por una considerable herencia se establece en una casa en donde debe adecuar apropiadamente los espacios para dar cabida a las curiosas necesidades de su cuerpo ensayando modificaciones en sillas, mesas y tocadores. En otro toque de humor, Palacio nos dice que lo que impide a su personaje acudir a otras casas es precisamente la ausencia de éstos muebles. Y sin embargo La doble y única mujer visita muy ocasionalmente el hogar de una amiga en la que conoce a un “caballero alto y bien fornido” cuya inquietante presencia será motivo, previsiblemente, de la más aguda de sus crisis.
En efecto, la presencia del caballero en cuestión genera una rápida escisión en la idea de totalidad que sostiene sobre sí misma La doble y única mujer, quien atisba por primera vez la posibilidad de la existencia de un conflicto entre sus dos mitades, tanto es así que “Mientras Yo-primera hablaba con él me aguijoneaba el deseo de Yo-segunda, y como yo-primera no podía dejarlo, ese placer era un placer a medias con el remordimiento de no haber permitido que hablara con yo-segunda”. Como apunta Palacio, las cosas con aquel hombre no pasaron a más porque simplemente no era posible, no obstante la experiencia profundiza la dualidad de aquel cuerpo ahondando las diferencias que afloran en medio de la insalvable y ahora detestable unicidad.
Ya hacia el final el conflicto irresoluble de ambos cuerpos unidos entre sí parece prolongarse planteando a La doble y única mujer una suerte de duda ontológica respecto de su papel en el mundo. La respuesta parece ser la soledad y el aislamiento. Una última fatalidad del destino se ceba sobre ella al aparecer en sus labios una extraña proliferación de células, de neo-formaciones que la avocan a la angustia y a la profunda y agobiada sensación de rechazo hacia su cuerpo y es en este momento que la narrativa de Palacio se acerca de tal forma a la comprensión del sufrimiento de su personaje que termina diciéndonos:
“Esta dualidad y unicidad al fin van a matarme. Una de mis partes envenena el todo.
(…)Desde que nací he tenido algo especial, he llevado en mi sangre gérmenes nocivos.
…Seguramente debo tener una sola alma… ¿Pero si después de muerta, mi alma va a ser como mi cuerpo…? ¡Cómo quisiera no morir!

3.      Al principio, una cuestión de lenguaje…
“…he sentido una insistente comezón en mis labios de ella…”
Resulta clarificadora la recomendación que vierte La doble y única mujer, personaje central y narradora en primera persona del relato, a los gramáticos y moralistas que lean sus atribuladas vivencias. A todos ellos pide “perdón por todas las incorrecciones que cometeré (…) para los posibles casos en que pueda repetirse el fenómeno, la muletilla de los pronombres personales, la conjugación de los verbos, los adjetivos posesivos y demostrativos, etc. (…) creo que no está de más asimismo, hacer extensiva esta petición a los moralistas en el sentido de que se molesten alargando un poquito su moral y que me cubran y me perdonen el cúmulo de inconveniencias atadas naturalmente a ciertos procedimientos que traen consigo las posiciones características que ocupo entre los seres únicos.”
A diferencia de los escritores del Realismo Social que en un remarcable esfuerzo dan cabida al habla cotidiana de negros, indios y montubios, lleno de “palabras mal pronunciadas, giros errados del lenguaje, sintaxis ingenua”[4], Palacio anticipa la ausencia de un lenguaje que permita interpretar apropiadamente el mundo.
Es precisamente sobre este aspecto que Palacio da un paso más allá al convertir el lenguaje no solo en una incidencia más de la vida cotidiana, sino al plantear que el lenguaje es el ámbito desde el cual se construye e interpreta la realidad. Ahora bien, tras la lectura del texto sabemos que lo que molesta a La doble y única mujer no son las injusticias sociales, sino la incomodidad que le produce el contexto en el que se desarrolla su vida avocándola a la necesidad de crear, aún desde sus propios despojos, un lenguaje cuyos alcances buscan poner en tensión la normalidad patriarcal y conservadora de los años 20´y 30´ del siglo pasado.
Efectivamente, ya en la exploración de su propia identidad, es importante recordar que a lo largo del texto La doble y única mujer, omite cualquier referencia a nombres propios que reemplacen a los ya mencionados Yo primera y Yo segunda, de tal forma que el acto de nombrar un cuerpo entendido como la forma de introducirnos en la realidad social no se da al borde la pila bautismal como quiere la tradición cristiana tan en boga por aquella época, ni por obra de un acto fundacional como sería la imposición de un nombre a cargo de los padres, sino por obra de una creación eminentemente personal y arbitraria que mantiene el carácter difuso de los cuerpos y que nos lleva a considerar al personaje central como producto del interés de Palacio por explorar hasta las últimas consecuencias ese mundo fragmentado y distorsionado que ha creado para sus personajes.
En consecuencia ¿Dónde está el “Yo”, es decir la identidad del personaje? Palacio nos habla de un “Yo-Ella”, indisoluble. Al inicio del cuento, Palacio nos dice en voz de La doble y única mujer: “en un momento dado pudo existir en mí un doble aspecto volitivo”, tras lo cual indica que primó una voluntad, por lo que, en definitiva, “existe dentro de este cuerpo doble un solo motor intelectual que da por resultado una perfecta unicidad en sus actitudes intelectuales”. Luego apunta que “De manera que, al revés de lo que considero que sucede con los demás hombres, siempre tengo yo una comprensión, una recepción doble de los objetos.” Tanto es así que ésta situación revela no sólo el conflicto en el que se encuentra sumido el personaje, sino la permanente necesidad que tiene de (re)nombrar y (re)interpretar el mundo.
Alargando un poco esta idea podríamos incluso plantear que el cuento se constituye abiertamente en una plataforma desde la cual es posible no solo fragmentar el mundo narrando una experiencia vital construida desde la marginalidad, sino, y apelando al estatus ontológico del relato, podríamos concluir que el texto de Palacio se encuentra en el punto en que surge la imperiosa necesidad de proceder a una re-significación completa de la realidad poniendo en conflicto las nociones más básicas que forman parte de la vida cotidiana.

4.      El cuerpo en conflicto que pretende escapar de la totalidad
El personaje o más bien la singular pareja que constituye el doble personaje central del cuento remite a una totalidad venida a menos, resulta imposible evitar una comparación entre La doble y única mujer con el famoso Hombre de Vitrubio de Leonardo Da Vinci, solo que en esta ocasión el ideal renacentista encarnado en lo masculino deviene en la grotesca figura de una mujer de principios del siglo XX, cuya totalidad manifiestamente retorcida anticipa la asimetría de una visión postmoderna del mundo y huye de la concepción totalizadora (y totalitaria) de ciertos discursos políticos extremistas, problematizando la centralidad y la totalidad, anhelando en último término más bien la fractura, la escisión del cuerpo aún a pesar de las cicatrices expuestas, todo en aras de su eventual liberación.
Es precisamente este doble cuerpo femenino, conflictivo en sí mismo, un cuerpo que ha surgido y ha vivido al margen de la normalidad, un cuerpo desplazado de la centralidad de los discursos de poder y avocado en consecuencia a la censura el que, convertido en epítome de la diferencia, plantea una curiosa alteración del mundo, una suerte de torsión del espacio para dar cabida a las necesidades de su cuerpo.
Efectivamente, en medio de su afán de recomponer el mundo, La doble y única mujer adapta su entorno a la peculiar situación que deviene de su cuerpo y nos cuenta cómo el espacio material que la rodea es rediseñado ampliamente. Fuera de su casa, sin embargo las cosas no marchan de la misma forma por lo que el personaje opta finalmente por recluirse. Las escasas ocasiones en que abandona su morada se convertirán en verdaderas encrucijadas vitales tal como veremos más adelante.
A este respecto puede resultar muy interesante el aporte que podemos extraer, para el análisis del presente texto literario, de la teoría de la performatividad propuesta por la filósofa norteamericana Judith Butler, a partir de los trabajos de Michael Foucault y Jacques Derridá. La referida teoría apunta a que todo acto se encuentra precedido por un marco discursivo que demanda de sí precisamente la realización de aquel acto, creando a su alrededor una serie de dispositivos de control que marcan los límites y alcances del mismo, límites tales como normalidad-anormalidad, moralidad-inmoralidad, legalidad-ilegalidad, al respecto Butler señala con relación al género que es la materia central de su tarea filosófica. “Así, dentro del discurso heredado de la metafísica de la sustancia el género resulta ser performativo, es decir que construye la identidad que se supone que es. En este sentido el género siempre es un hacer, aunque no un hacer por parte de un sujeto que se pueda considerar pre-existente a la acción.”[5]
Allí donde leemos género, podemos leer también cuerpo. De esta forma nos resulta fácil comprender la discordancia que resalta al contacto entre una corporeidad conflictiva como es el caso de La doble y única mujer, con un entorno normativo derivado de discursos de corte patriarcal y conservador imperantes en la época y cuyos perversos coletazos experimentamos hasta el día de hoy. Consecuentemente esta situación encuentra su epítome al momento en que el personaje, en medio de la visita a una de sus pocas amigas, experimenta una fuerte atracción hacia un hombre, generando una fuerte confrontación interna. Veamos lo que nos dice Palacio: “Primero, ¿era posible para él sentir deseo de satisfacer mi deseo? Segundo, ¿esperaría que una de mis partes se brindase, o tendría determinada inclinación, que haría inútil la guerra de mis yos?
“Tal vez había un pequeño resquicio, pero ¡era tan poco romántico¡
¡Si se pudiera querer a dos!
Nadie puede quererme, porque me han obligado a cargar con éste mi fardo, mi sombra; me han obligado a cargarme mi duplicación.
En efecto, es precisamente esta totalidad conflictiva y adversa la que nos habla de la posibilidad de la separación como anticipo del quiebre de los discursos totalizantes, de aquellas posturas políticas que pretenden explicar y tornar plausible el mundo a fuerza de reducir la diferencia, y es asimismo esta permanente e irresoluble disputa la que nos permite comprender a Pablo Palacio, muerto él mismo en medio de la locura, como un autor capaz de situarse gracias a su literatura de los márgenes en un ámbito inusitadamente innovador en el panorama de las letras ecuatorianas.

5.      Lo marginal en Pablo Palacio como una clarificadora lectura de la realidad
A manera de conclusión podemos señalar que en medio de las múltiples lecturas a las que nos remite la obra de Pablo Palacio, el análisis de la inquietante presencia de cuerpos limítrofes en su obra, entendidos como superficies cruzadas de manera transversal por las prácticas y discursos del poder, permite una interpretación de su obra capaz de aportar nuevas posibilidades al análisis de la construcción del canon corporal que cruza la realidad ecuatoriana durante la primera mitad del siglo XX.
En efecto, es importante enfatizar que el realismo social contribuyó de manera encomiable a la descripción de una realidad lacerante y aportó con ello un extraordinario material para el análisis de las relaciones de poder en el contexto de una interpretación cercana al materialismo histórico. Sin embargo ha quedado pendiente un exhaustivo análisis de los mecanismos performativos que cumplen con una pasmosa eficacia una labor de clasificación de los cuerpos, creando una centralidad y una marginalidad de seres cuyas trayectorias vitales no deben ceñirse únicamente al análisis de clases.
Ya para terminar, es necesario señalar que lo importante en la literatura de Pablo Palacio, a diferencia del realismo social cuya preeminencia en la literatura nacional condena, en un nefasto ejercicio de omisión, a nuestro autor durante largos años al olvido, es remarcar que en sus páginas no se adivina un mundo perfecto al que llegar después de una suma de tribulaciones (una suerte de paraíso de los trabajadores), ni un camino definitivo y único (la lucha de clases, la militancia política o los métodos revolucionarios) sino, por el contrario, un permanente devenir de eventos cuyo ritmo cotidiano estará marcado por un poder evanescente que se hace presente (se hace carne) en todas las facetas de la existencia y cuya extraordinaria plasticidad marcará la vida de una serie de cuerpos cuyos gestos más significativos irán encaminados a generar micro-subversiones, micro-rupturas de ese tejido casi inasible de prácticas y dispositivos de control.
Y es precisamente la brevedad de la vida del propio Pablo Palacio, quien fallece internado en un sanatorio mental con poco más de cuarenta años cumplidos, después de crear una obra a todas luces innovadora dentro de la narrativa de la época, lo que nos revela la contingencia y la fragilidad del propio individuo, así como su extraordinaria participación y responsabilidad en la construcción del relato entendido no solo como un ejercicio estético, sino como un complejo retrato de la realidad y el mundo.
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BIBLIOGRAFÍA


Butler, J. (1990). El género en disputa. México: Paidós.
De la Cuadra, J. (1990). Doce Relatos, Los Sangurimas. En J. De la Cuadra, Cuento: Banda de Pueblo. Quito: Libresa.
Focuault, M. (1998). Vigilar y Castigar. Madrid: Siglo XXI Editores.
Palacio, P. (1985). Obras Completas. Quito-Ecuador: Círculo de Lectores.
Palacio, P. (s.f.). Un hombre muerto a puntapiés.
Robles, H. (1980). Pablo Palacio: El anhelo insatisfecho. Cahiers du monde hispanique et luso-brésilien, 141-156.



[1] (Focuault, 1998)
[2] Imposible omitir el alegato a favor de la corrección ideológica que le lanza el también escritor Joaquín Gallegos Lara, ícono del realismo social, quien a propósito de la novela de Palacio La vida del ahorcado, dice: “Al pretender negar el realismo social ¿…acaso no está pretendiendo negar que la literatura sea (…) un arma contra la explotación y a favor de la sociedad que creará una sociedad sin clases? (…) tiene un concepto mezquino, clownesco, desorientado de la vida, propio en general de las clases medias…”
(Robles, 1980).
[3] (Palacio, Obras Completas, 1985)
[4] (De la Cuadra, 1990)
[5] (Butler, 1990)

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