martes, 21 de diciembre de 2010

Con los ojos cerrados

A continuación uno de mis cuentos breves. Se llama “Con los ojos cerrados”, y en él un amigo ha encontrado cierta reminiscencia de los momentos finales de Demián, de Herman Hesse.

Con los ojos cerrados

I
Me siento solo. La soledad es evidencia de una sola cosa: el singular rumbo que ha tomado mi vida. No importa qué día sea ni el tiempo que haga, siempre que abro los ojos por la mañana encuentro el mismo espectáculo de anaqueles poblados de libros y el ordenador sobre la raída mesa del comedor en la que de forma permanente reposan restos de algo: de pan, de frutas secas o simplemente grumos de miel. Es la alimentación del penitente. Por la mañana té con tostadas, hacia el mediodía una ensalada, por la noche más té, ésta vez acompañado de frutas.
Empiezo a tener miedo.
En efecto. Tengo miedo de perder el sentido de la realidad y dejar numerosos proyectos inacabados. Varios relatos, una novela, una traducción, dos o tres artículos de crítica literaria. Con el paso del tiempo, mientras más empeño ponía en leer y descubrir nuevos autores más me embarullaba en sus palabras, así que por consejo de un terapeuta me aparté de la lectura y me dediqué a la enseñanza. Ahora, de regreso a mi disciplina de lector contumaz, debo sumar a mis proyectos fallidos una larga lista de libros pendientes. Se trata, sin más aspavientos y empleando las palabras más sutiles, de una vida modesta, de mi vida, y en ella la ficción literaria tiene el valor de lo real, articula mi tiempo y vierte su cuota de plasticidad y lujuria en mi pequeño universo cotidiano.
Las noches se tornan largas e insoportables. A mi lado me acompaña un pequeño perro de color negro. Tiene en el pecho una larga hilera de pelitos blancos y al tiempo que me mira, y nadie me podrá negar que en su mirada palpita una profunda inteligencia, apoya su cabecita sobre el borde de la canasta. Luego deja transcurrir unos minutos más de observación sesuda, se levanta tambaleante y camina con parsimonia hasta tenderse a mi lado.
La tarde anterior un colega me invitó a un bar. Mientras conversábamos todo se fue degradando hasta convertirse en una trivia irrelevante, de aquellas que se lanzan entre sí dos personas que se conocen y se toman por suspicaces.
-Existe en la naturaleza algo similar al círculo- me preguntó con delectación.
-Creo que no –le respondí con el semblante agotado.
-Se equivoca –me corrigió-. La verdad es que sí. La naturaleza es la creadora del círculo y no el hombre. Cuando usted observa las ondas de un estanque alejándose desde su centro en forma simétrica hacia los costados, está observando un círculo.
Regrese desolado a mi departamento. Es el rumbo que toman mis conversaciones, cada vez más irreales, menos corporales y siempre fatigosas.
Hace cinco años, sin embargo, todo era diferente. Marcia era una de mis estudiantes preferidas. Bajo mi tutela ganó uno de los concursos literarios más importantes. Sus relatos conmovían por la fuerza de sus personajes y por sus finales siempre impredecibles, electrizantes. Después de la ceremonia tomamos un café, allí pude conocer a sus padres. Iniciamos una relación discreta. Pero la gente tiene razón cuando sospecha de esos amoríos en los que uno de los protagonistas es ya demasiado viejo. El embrujo duró doce meses, los mejores de mi vida, pero todo terminó pronto, demasiado pronto.
Cuando me abandonó caí en una profunda depresión.
Esa misma noche tuve el primer sueño. Un sujeto que no era yo aunque movía las manos y gesticulaba tal como suelo hacerlo, caminaba entre infinitas callejuelas buscando algo que le habían encomendado. No podía recordar de qué se trataba, así que avanzó sin prisa de un lado hacia otro, se posó frente a locales iluminados cuyo interior rezumaba calor y siguió dando pasos con el ánimo cada vez más distendido, pensando que el olvido era una buena excusa para caminar sin rumbo. Cruzó la ciudad de un extremo a otro, aspiró profundamente el aire húmedo de la madrugada y se detuvo repentinamente ante una modesta tiendecita. Ese instante todo regresó a su cabeza. Buscaba a un viejo librero de manos aquejadas por la artritis. Al reconocerlo detrás de las verjas le tendió un pequeño cuaderno y sintió al instante sus dedos retorcidos. Esto acabo de escribirlo esta misma noche, le dijo, y se apartó en el acto.

II
Desde ese momento algo misterioso se introdujo en mi existencia. ¿Cuántas vidas puede uno vivir al interior de sus sueños? ¿Cuántos libros puede uno escribir al amparo de lámparas inexistentes y al interior de habitaciones improbables, oníricas?
Una noche, sin previo aviso, porque los sueños de esa semana me situaban siempre en campos abiertos o en plazas llenas de gente, me encontré en un solitario pasillo de baldosas celestes con incontables recovecos. Sin darme cuenta al principio, debido a que el miedo a extraviarme atenazaba y paralizaba mis pensamientos, tuve que admitir después de andar y desandar cien caminos distintos, que estaba atrapado en un laberinto.
Tres semanas tardé en recorrer todos sus extremos y en cruzar todas sus esquinas irreales, engañosas. Tres semanas mis sueños se doblaron uno sobre otro, devolviéndome cruelmente al punto exacto del camino abandonado la noche anterior. Tres semanas confronté el miedo más intenso, el agotamiento y el delirio. Sin embargo un día en que prácticamente había perdido toda esperanza una sombra se atravesó en mi camino. La sombra parecía jugar conmigo, una veces se adelantaba y me guiaba hasta una fuente agua y otras me llevaba hacia el término natural del sendero: una galería rota de forma imprevista, suspendida sobre un abismo poblado de tinieblas.
La sombra a veces me susurraba palabras al oído y otras me hacía gestos. Una noche, sin más, se detuvo frente mío y empleando la voz de Marcia me dijo:
- Un laberinto es un lugar de caminos que se entrecruzan, de paredes que se rompen, de rincones improbables…
Dos días después me dio la siguiente pista.
-Este no es un laberinto cualquiera. La única salida consiste en regresar al inicio.
Sin entender a qué se refería caminé desesperado a todo lo largo de un pasillo.
Al término de la tercera semana, tras observar que mi delirio iba en aumento, la sombra me dio la clave final para escapar de ese lugar:
-No has pensado que quizá no estás soñando.
-Qué quieres decir –interrumpí.
-No pienses en un laberinto, piensa en la literatura…
-Exacto, -dije-, la literatura es un lugar de caminos que se entrecruzan, de paredes que se rompen, de rincones improbables… Fue allí cuando levanté la pluma de mi cuaderno y vislumbré el único escape posible.

III
-Abel, regresa a la realidad -me dijo el terapeuta-. Los sueños son sólo sueños y nada significan si uno abandona la racionalidad y se deja llevar por el misticismo.
Los siguientes días se tornaron francamente insoportables.
Mi dieta de asceta empezó a menguar considerablemente. Bajé de peso y empecé a perder la concentración.
Las pastillas contra la depresión surtían su efecto y me llevaban a un detestable estado de automatismo.
Un mes entero pasé sin sueños. En verdad no se trataba de que careciera de sueños, sino de que todos ellos se habían vuelto como el reverso deformado de mis días sin suerte.
Un mes entero pasé agarrado a la ansiedad más furiosa y al temor creciente.
Aterrado un buen día ingerí todas las pastillas que tenía a mi alcance. En medio de la desesperación realicé llamadas caóticas, incomprensibles. Sólo dos amigas acudieron a mi llamado. La una vino a verme a casa y me llevó al hospital. La otra me cuidó con suavidad y dulzura. Pasé allí tres días. El médico me practicó un lavado gástrico, me recomendó descanso y me prescribió una medicación diferente.
La noche de mi salida volvieron finalmente los sueños. Marcia y yo nos encontrábamos en una librería. Ella hojeaba los libros de una repisa. Entre tinieblas aún puedo verla tomando un texto al azar y barajando las páginas como si se tratara de un mazo de cartas. La veo también acercarse a tientas a los sillones ubicados junto a la ventana. A sus espaldas se levanta un enorme anaquel de libros multicolores. Es la sección infantil y está adornada con numerosos dibujos adosados a las paredes. En muchos aparecen magos y castillos, vampiros y exploradores. Uno de los textos representa a una colorida oruga que come sin parar hasta convertirse en mariposa. Más adelante, en medio de un gran mueble de madera oscura identificado con la palabra literatura se encuentra un sólo texto asombroso. En el mismo libro Camus es Kafka y Borges es Cervantes. Allí están todos los autores y sus personajes, desentrañando prolija y cabalmente la vida humana desde el primer instante.

IV
Después de varios meses de tratamiento pude retornar al ritmo habitual de mi vida. Con la inestimable colaboración de varios amigos me reincorporé a la práctica de la enseñanza en una institución que ayudaba a los estudiantes a preparar sus exámenes de ingreso a la universidad. El trajín era lo de menos, durante los primeros días pude superar sin problemas la congestiones vehiculares, los largos viajes por carreteras sinuosas. Curiosamente me creía en capacidad de atravesar cualquier obstáculo.
Al anochecer de un día cualquiera, el momento mismo de entrar al baño sentí un fuerte mareo y me desplomé sobre el marco de la puerta, ese instante escuché una voz femenina que salía detrás de las cortinas. Era Marcia. Al verme desolado sobre el suelo me sonrió comprensiva.
-Estás teniendo uno de aquellos sueños en los que te has golpeado la cabeza y ello, para tu más hondo terror te ha producido una gran herida-. En efecto mi cabeza empezó a sangrar profusamente. Al prestar atención al corte descubrí que se trataba de una contusión de características sobrecogedoras.
-Ahora vas a escarbar entre tus cabellos y comprenderás que la herida es incluso más grande de lo esperado-. Efectivamente, con los dedos índice y pulgar separé los bordes de piel y pude atisbar ante un espejo la profunda oscuridad de mi cuerpo, las cavidades y los espacios sombríos en cuyo interior la vida circula como un mecanismo lleno de fluidos y cartílagos. Marcia se acercó hacia mí con un movimiento sinuoso, lascivo y me curó la herida. Luego me besó en silencio, se recostó sobre la cama y me invitó a tener sexo con ella. Por un instante llegué a creer que todo era tal como en nuestra época mágica. Después se levantó y antes de cruzar la puerta y abandonar la habitación, me dijo:
-Con los ojos cerrados. Todo sucede con los ojos cerrados…
Desperté con un profundo sentido de ansiedad. A la mañana siguiente bajé las escaleras del edificio y mientras caminaba encontré pintarrajeada en una pared, con letras rojas, la frase: con los ojos cerrados. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Al cruzar frente a la tienda descubrí escrita en la ventana, junto al detalle de varios enseres, las mismas palabras. Unos metros más allá en un cruce de vehículos y ante la vista indiferente de los paseantes un letrero parpadeaba con los ojos cerrados, con los ojos cerrados. De pronto escuché que alguien me hablaba a las espaldas.
Temblando reconocí a Marcia nuevamente y me acerqué hacia ella imaginando que me encontraba a las puertas de la locura. Repentinamente el sol se escondió y arreció la lluvia. Me tomó de la mano y me llevó a un lugar cálido y abrigado. Nos sentamos en uno de los rincones de un bar de paredes recubiertas de madera, un ligero aroma a incienso surgió de las mesas circundantes. Con una sonrisa en los labios y acariciando mi rostro, me dijo:
-Es una fortuna extraordinaria habernos encontrado en un día como éste.
Hizo una pausa, me dirigió una mirada tierna y continuó:
-Creo que ha llegado la hora. Quizá sea el momento de que conozcas la verdad.
-¿Cuál verdad?
-Para adentrarte en ella debes seguir mis instrucciones.
-¿Qué tipo de instrucciones?
-Estira tus brazos y piernas…
-Está bien…
-Ahora coloca tus manos sobre los ojos…
-Todo esto es realmente extraño…
-Confía en mí.
-Siento como si estuviera flotando -interrumpí-, siento un mareo intenso, como si ya conociera todo esto, como si hace mucho, muchísimo tiempo lo hubiera vivido en la misma forma, excepto porque tu rostro ahora es distinto –una lágrima recorrió mi mejilla-. ¿Estamos soñando?
-Es probable.
-Entonces qué sucede.
-La única verdad es que acabamos de conocernos y uno ha creado al otro…
-Marcia, tengo miedo… Marcia
-Pues bien, ha llegado el momento… estás dentro de mí o estoy dentro de ti…

Inesperadamente él reclina su pesada cabeza sobre mi pecho, luego me aprieta en un fuerte abrazo y me besa en los labios, un poco de mi carmín queda prendado en su boca. De repente siento que la lluvia se extingue y que es reemplazada por una gran claridad que estalla desde el horizonte.
Al abrir los párpados sólo recuerdo que su nombre suena como el de un ángel expulsado del paraíso, cuando despierto por completo no sólo he olvidado su rostro, sino que he olvidado que una lágrima de terror se deslizó por su mejilla. Con desesperación hurgo en mi bolso en busca de un cuaderno y reconstruyo pacientemente los pocos retazos que han quedado en mi memoria, y lo hago para no olvidar que en el último momento alcancé a escuchar su voz templada llamándome suavemente por mi nombre: Marcia. Y lo hago también porque su presencia breve, evanescente, tal como ocurre en esos escasos momentos de resonancia mágica que tenemos en la vida, me ha llenado de nostalgia.

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