sábado, 1 de enero de 2011

LA MUERTE DE GARCÍA MÁRQUEZ 1era parte

He aquí, a propósito del nuevo año, la primera parte de mi relato:



La Muerte de García Márquez


1
Despertar
          Todas las mañanas el mundo entero se recompone frente a la ventana de Mateo. El momento justo, porque ya se escucha desde el departamento contiguo los primeros pasos y los primeros trastos arrojados contra el piso. Es un instante fugaz: el cuerpo recobra su forma y la palabra su contenido, mientras bajo el brote de agua tibia de la bañera, Mateo rememora el cuerpo de su amante y lo desdobla hasta grabar sobre su piel todos los nombres: Adriana, Lizbeth, incluso Lucía que alude a aquellos seres portadores de la luz, o Cecilia que significa estar ciega, padecer de ceguera, como la justicia; y los cincela con paciencia infinita en sus muslos, en su cuello y en su vientre.
En el dormitorio, sobre la cama, aún dormitaba Amelia. Mateo se acercó, se reclinó sobre ella y le depositó en los labios un beso largo y sin pausas. Los dos contuvieron el aliento y ninguno se atrevió a abrir la boca, hasta que entre ambos estalló una risa espontánea. Se rozaron los dientes, se golpearon sus narices y el aliento renovado de Mateo inundó la boca de Amelia, mientras que el suyo, seco y denso, producto de las largas horas de sueño, se desfogó viciando la de su compañero,
-Tengo frío- musitó ella al momento de replegarse nuevamente en medio de las sábanas.
Apenas unos meses atrás Mateo estaba empeñado en un curioso proyecto: escribir una serie de relatos cuyo tema central era el ajedrez. ¿El ajedrez? Le preguntó Amelia. Al cabo de poco tiempo empezó a documentarse. Sobre su escritorio aparecieron sucesivamente el libro de Nabokov que narra la vida de un melancólico jugador, las crónicas de los legendarios choques Fischer-Spassky de 1972, y un cursillo por tomos que los seguidores del régimen soviético publicaron en Latinoamérica como forma de ganar adeptos para la nomenklatura.
Sus primeras incursiones en el tema arrojaron resultados medianamente aceptables. En el juego propuesto de establecer metáforas entre el combate ajedrecístico y el universo cotidiano empleaba elementos extraídos de la realidad y de sus experiencias personales. En uno de los textos se mostraba propicio a comparar el juego del ajedrez con la disposición y el cuidado de unos jardines en los que le gustaba sentarse a hojear sus libros. También había tratado, con menor éxito, de establecer relaciones entre el juego y las manifestaciones cíclicas del poder, tres de los cuatro movimientos de una sinfonía, o los variados trazos de una pintura contemporánea. Todo parecía encajar maravillosamente y denotar también que el mundo parecía creado sobre un tablero en el que, desde tiempos inmemoriales, se desarrollaba una partida mágica y alucinante.
Poco tardó en abandonar la iniciativa poniendo en remojo sus concepciones literarias y replanteando el alcance de su arte, llegando a preguntarse, una solitaria tarde de noviembre, ¿qué es la literatura? ¿por qué dedicarle tantas horas? ¿cuál es su utilidad y misterio?
Respecto a tales dudas, Mateo adquirió una sola certeza. Nadie ha leído todos los libros. Tampoco existe ser vivo, en ninguna parte, que vaya en camino de hacerlo. Es algo que le produce una intensa alegría: saber que a pesar de su empeño aún le quedan cuentas pendientes, deudas por saldar consigo mismo y con sus autores favoritos. Ni Jorge Luis Borges leyó por completo al irlandés James Joyce, ni él mismo, está seguro, dará cuenta, incluso al cabo de varios años, de su lista de textos pendientes. No todos los grandes escritores son tan brillantes como para dedicarles una atención eterna. Ninguno de ellos merece una fidelidad incuestionable. Es el secreto de los especialistas, leer los libros fundamentales, hojear los menos interesantes y descartar el resto.
Pero pensar, analizar, inventar, no son actos anómalos, son según Borges la respiración natural de la inteligencia. Borges aspiraba al superhombre. Mateo aspira, una vez que se apresta a tomar el desayuno y salir a la calle, a ordenar mentalmente todos y cada uno de los instantes de su día para poder alojar, incluso en las horas de la madrugada, unos minutos en los que dar forma a sus propias correrías y elucubraciones literarias.
Trabaja como corrector de estilo en una pequeña editorial. Toda una proeza si se atiende a las simples matemáticas. ¿Cuántas personas llevan un libro entre las manos? ¿Cuántas tienen interés de leerlo en el trayecto de vuelta a casa? Si en medio de su desconcierto todavía puede confiar en un reducido círculo de amistades, constituido por escritores todavía jóvenes, desafortunados y huidizos como él, no puede evitar sentirse mortalmente desalentado mientras constata las limitadas perspectivas que le ofrece el empleo que le ha tocado en suerte. Piensa en todo ello mientras abandona el departamento que comparte con Amelia y se sube a un taxi que rápidamente es absorbido por una larga y congestionada avenida cuyo ritmo cansino y adverso marcará el resto de la mañana.
Es una rutina que conoce perfectamente, ascender al octavo piso por un elevador de luces opacas, paredes verdes y aspecto de cámara frigorífica, avanzar con la mano oculta en el bolsillo y rebuscar pacientemente las llaves, sacudirlo todo: la gabardina, el saco y la camisa e ingresar a las oficinas con paso corto y mesurado. En el instante recibe una mirada afilada, debe entregar las primeras correcciones de un texto que le han asignado para su lectura y emprender, en caso de que la oferta de su autor suba ostensiblemente, todos los cambios necesarios.
El texto que se encuentra revisando se llama en su versión de pruebas: “La Muerte de García Márquez”, en sus páginas el autor ha dispuesto para el genial escritor colombiano unos funerales magníficos. Al féretro lo acompaña, previsiblemente, un tren envuelto en una nube de mariposas amarillas, mientras en medio de la fosa cavada bajo un árbol centenario alguien ha colocado una silla para que la corrupción final, la que lo devolverá a la tierra, lo alcance en la postura con la que regaló al mundo alguna de sus mayores obras. Termina la narración con una imagen desafiante, en un salón amplio y resonante, de aquellos en los que se aguarda pacientemente el transcurso de la eternidad, se han dado cita decenas de escritores, entre ellos se encuentran: Cervantes, Flaubert, Melville, Proust, Tolstoi, Mann, Borges y quizá también, en algún rincón apartado, Hemingway y Faulkner. Aquellos que como Albert Camus o Roberto Bolaño, que han muerto demasiado pronto, se consuelan mutuamente bajo una ventana de resplandores otoñales. El resto charla, se admira y muestra una disposición favorable para dar la bienvenida al recién llegado.
Sin embargo el escritor colombiano, que no da crédito a lo que ven sus ojos, ingresa al recinto con el gesto desencajado. El resto de escritores responde intimidado y molesto. No les cabe la menor duda, piensan, ha llegado el momento largamente esperado. ¿Cuál de ellos ha escrito la obra más grande? Se proponen numerosas alternativas para determinarlo: el número de páginas, el número de ediciones, el número de lectores. Borges queda descartado al mocionar que se preste atención a criterios más excelsos. Finalmente, luego de fuertes discusiones se logra consenso para proceder con una selección de carácter salomónico, cada escritor deberá recrear en los pisos y en las paredes del amplio salón, fragmentos de sus obras más notables. Aquel que resista la prueba hasta rubricar el punto final habrá vencido.
Una inagotable catarata de palabras se apodera de las tablas del suelo, de las paredes, de los revestimientos de madera, de las ventanas, de los armarios y de las finas y asombrosas arañas de bronce en cuyos extremos los más avezados han anudado largas tiras de papel manuscrito. Uno a uno los escritores van desfalleciendo mientras a su alrededor como un reguero de sangre densa y parduzca las marcas de tinta permiten leer algunas de las páginas más brillantes jamás escritas… el ser, el dolor, el tiempo y la memoria... Los únicos que llegan a la meta son los escritores jóvenes, muertos a destiempo, en la cúspide de sus ciclos creativos, por decirlo así en la flor de la vida. Aquellos a los que las musas inspiraron hondamente y los dioses reclamaron muy pronto. Precisamente Camus y Bolaño, cuyos libros, además, apilados por los extremos, uno encima del otro, sobrepasan los seis metros de altura. Seis metros de gloria literaria, alrededor de veinte kilos de palabras, un kilo de comas, unos seiscientos gramos de puntos. Treinta y tres peldaños tomaría a cualquier mortal acceder a la cúspide y adentrarse, ni más ni menos, que en el Olimpo de la Literatura.
¿Es cierto? ¿Puede la muerte convertirse en motivo de ironía? ¿Qué misterios esconde que nos resulta tan fascinante? Aquello que inconscientemente resaltamos del fallecimiento de otro ser es la maravillosa capacidad de revelar nuestra propia condición de fragilidad, así como nuestra finitud y miedos. Desde su infancia Mateo alberga en su cabeza una sola imagen relacionada con el temor que le produce la muerte. Vuelve a ella cada vez que levanta la mirada hacia lo alto: desde el claro intervalo de dos nubes se desprende una hilera formada por todas las aves del cielo cuyo descenso no sólo opaca los resplandores del sol sino que produce un estruendo sobrecogedor y espantoso.
Lleno de un ligero optimismo abandona la editorial sin charlar con nadie, es el resultado que le producen ciertas lecturas. Amelia lo conoce de sobra, lo ha visto adentrarse por horas en la revisión de un libro y pasar largas jornadas de introspección y silencio.
Tras abandonar el ascensor de paredes verdes y aspecto de cámara frigorífica y al caminar por un parque y enfrascarse en sus reflexiones sin reparar en el bullicio que producen los funcionarios públicos en busca de lugares para el almuerzo, Mateo comprendió que quizá ya no regresaría a la editorial para completar su jornada de la tarde, excepto para retirar sus pertenencias y devolver la llave olvidada, y que con toda seguridad al día siguiente lo abandonaría todo y que la semana próxima, qué duda cabe, estaría en camino de empezar una nueva vida, siempre a pesar de los malentendidos con Amelia y con la familia, de las explicaciones eternamente insuficientes, porque el momento mismo de declarar su fidelidad a la Literatura se abría ante él un camino lleno de molestias y estrecheces, de largas temporadas de cavilación matizadas por la soledad, la excentricidad y el abandono.

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